NOSTALGIA

Librería, esa tienda en donde se vendían libros

Una de las librerías de referencia de toda la vida en la ciudad en la que vivo, Madrid, la de Nicolás Mayol de la calle de Carretas —que contaba con más de un siglo y medio de existencia (se fundó nada menos que en 1862, cuando en España reinaba Isabel II)— ha cerrado sus puertas. Especializada en libros de medicina y, en general, de ciencia —medicina, agricultura, veterinaria, náutica y ciencias afines, rezaba su cartel—, ha sido incapaz de resistir la llegada de los nuevos tiempos en los que ya no se leen libros, si se leen no se compran y, si se compran, es en Amazon a través de internet.

Leo en un diario madrileño que los vecinos se quejan con amargura preguntándose de qué va a servir poner en vez de la librería Mayol un McDonald’s o un Zara. Ya lo sabemos: a quienes todavía leen no les va a servir de nada y, a los demás, tampoco. Pero las leyes del mercado no hablan de conveniencias para el ciudadano, y mucho menos de justicia. Se trata de una simple cuestión contable, de un balance del deber y el haber. Los dueños de la librería no podían dilapidar más dinero y, como consecuencia, todos los madrileños, todos los residentes en la capital, aunque no lo sepan, han perdido un poco más de su alma.

Llegará un momento en que las únicas tiendas en los que se puedan comprar libros viéndolos en persona serán los grandes almacenes, si es que ese instante atroz no ha llegado en términos estadísticos ya. Cuesta reprimir el ataque de nostalgia, olvidar la sensación que suponía pasear por la librería del barrio en busca de algún tesoro oculto. A mí me sucedió en 1967 en Mallorca, en la librería de viejo —y de nuevo—Fiol, que estaba en la calle de los Olmos de la ciudad de Palma. Curioseando por los estantes y las mesas di con un libro que me llamó la atención porque en su título venía una de las letras puestas al revés. Jamás había oído hablar ni de la obra ni de su autor. Lo abrí, leí el primer párrafo y me enteré de que el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, había de recordar aquella tarde en que su padre le llevó a conocer el hielo. Es una suerte que hubiese cerca una pared en la que pude apoyarme para no caer de golpe al suelo.

Esas cosas no nos van a suceder más. Las librerías de medicina, de ciencia y de literatura tienen los días contados, igual que los libros que no hablan de crímenes o de historia novelada. Y la culpa, como nos decía a los españoles Jardiel Poncela, no podemos echársela a los coreanos. El libro y su amanuense de la venta al público desaparecen porque nosotros también hemos desaparecido, aunque todavía no nos hayamos dado cuenta. La próxima vez que pase por la Puerta del Sol madrileña y me acerque a Carretas miraré hacia el número 29 y ni siquiera entenderé qué significa que Moya haya echado el cerrojo. Los de mi edad no entendemos ya apenas nada, aunque solo sea para no echarnos a llorar.

Edición Impresa