[NUEVA SOCIEDAD]

Orwell, Google y Facebook

Google recién ha anunciado que siguiendo los pasos de Facebook, pronto pondrá a la venta nombres, fotografías y preferencias de sus usuarios en anuncios publicitarios.

Si usted alguna vez le ha comentado a sus amigos en las redes sociales que la cena en cierto restaurante fue estupenda o si les ha recomendado que compren tal o cual canción de cierto grupo musical, y no opta por renunciar ya a utilizar los servicios de Google plus, no debería extrañarle que la próxima vez que entre en línea para hacer una búsqueda vea su foto y sus comentarios patrocinando al restaurante o al grupo musical que usted inocentemente recomendó a sus amigos.

Facebook hace lo mismo desde hace tiempo y con una agravante porque continúa perfeccionando su tecnología para hacer más difícil que sus usuarios se rehúsen a multiplicar sus contactos en las redes sociales. Lo evidente es que tanto Google como Facebook saben que los anunciantes quieren saber más sobre los gustos y preferencias de los usuarios de redes sociales y que ni a Google ni a Facebook les disgusta la idea de ganar más dinero. El problema, sin embargo, es que en esto hay un abuso de confianza porque cuando una persona expresa sus preferencias, comparte fotos e información personal no lo hace para que alguien gane dinero. Al comercializarla, se prostituye la intención original de compartir información personal con un selecto y limitado grupo de amigos.

El tema me ha hecho recordar que no hace mucho tiempo, los estadounidenses le asignaban un valor especial a la llamada “privacidad”. Recuerdo, por ejemplo, que hace unos 30 años el escritor español Alfonso Sastre vino a California a dar un cursillo y yo tuve la suerte de entrevistarlo. Mientras recorríamos los arbolados senderos del complejo habitacional que la universidad le había asignado para vivir me contó que le habían dicho que el diseño arbolado del conjunto obedecía al deseo de preservar la “privacidad” de las personas en sus apartamentos. “¿Qué es esto de la ´privacidad´?” me preguntaba el dramaturgo español recién llegado a California. “La palabra, ´privacidad´”, me insistía, “no existe en el idioma español”.

Unos años después de la visita de Sastre a California sentí que el Zeitgeist estadounidense cambió, y que lo hizo de forma radical desde el primer programa de televisión de Oprah Winfrey, quien convirtió la televisión en un confesionario en el que los invitados desnudaban su alma ante el aplauso de una audiencia que se conmovía con sus relatos.

Más tarde, como suele suceder en el acontecer histórico, la exposición de la dolorosa experiencia personal que Winfrey patentó se volvió farsa por la vulgaridad de un conductor llamado Jerry Springer quien logró que los invitados a su programa no solo desnudaran su alma sino que expusieran públicamente sus peores perversiones. Un modelo de programa televisivo que pronto sería imitado por una deleznable conductora peruana que parecía escapada de una novela de Dostoievski, y quien en su espacio televisivo revelaba las miserias de un puñado de personas desesperadas ante una audiencia de habla española.

No sin cierta reticencia, porque a nadie le gusta ser espiado y menos ser utilizado por compañías que podrían beneficiarse económicamente con nuestras indiscreciones, creo que debemos admitir que es la propensión al voyeurismo exhibicionista que todos llevamos dentro la que provoca la ambición de Google y Facebook. Lo cierto es que nosotros mismos hemos cedido nuestra información personal para que quien hace posible nuestra conversación con nuestros grupos de amigos la utilice para amortizar su inversión, cubrir sus gastos y ganar, de paso, una millonada. Por otro lado, no puedo dejar de cuestionar el dudoso valor de una recomendación para ir a un restaurante hecha por un ilustre desconocido. ¿A quién, sino a su grupo de amigos, le puede importar que Juan Pueblo diga misa sobre un restaurante en su barrio?

Sin embargo, si a usted no le parece correcto lo que Google y Facebook están haciendo o planean hacer, su primera opción es salirse de ambos. Use Google sin identificarse, y saque sus fotos y datos de Facebook. De cualquier modo, el problema que todos enfrentamos es que mientras más avance la tecnología menos podremos escapar de ella a menos que renunciemos a hablar por teléfono por el celular, a navegar la internet, a leer libros en Kindle, a jugar con el IPad y a ver mapas en sistemas de navegación por GPS.

El Gran Hermano de George Orwell ya llegó para quedarse.

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