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COLOMBIA

Uribe ‘versus’ Duque

Iván Duque era un estudioso y consagrado funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), dedicado muchos años a estudiar los grandes temas sociales y económicos de Colombia y la América Latina. Uribe lo trajo a Colombia y lo hizo senador en la lista cerrada que entonces regía. Y no lo puso en lugares secundarios, sino entre los primeros, para sorpresa de unos y molestia de otros.

En el Senado brilló Duque con luz propia y se hizo conocer por sus brillantes condiciones, su espíritu estudioso, reflexivo, profundo, en el medio político del país. Algunos medios contribuyeron a hacerlo personaje nacional, y Uribe, otra vez, lo lanzó al estrellato en una precandidatura fríamente calculada para sus condiciones.

Elegido candidato del Centro Democrático, Duque encontró en Uribe el soporte que lo hizo candidato de la Gran Alianza para el Cambio, y luego se lo enseñó a los colombianos en una campaña en la que Uribe no faltó en las grandes ciudades, en los pueblos y en las veredas al lado de su candidato y amigo. Y Duque fue elegido presidente.

El recuento histórico no se hace para demeritar a Duque, sino para exaltarlo. A su talento formidable, a su magnífica calidad de expositor, a su transparencia, a su rapidez y penetración en la réplica y el debate se debe que hubiera resistido la prueba de ser el favorito de un hombre tan grande y de un monstruo de la política como Álvaro Uribe.

Ya elegido presidente Duque, Uribe ha sido su soporte y su guía desde el Congreso y ante la opinión. No cabe duda alguna. Pero para honra de los dos y felicidad de la República, ni Duque es un subalterno de Uribe ni Uribe ha pretendido que lo sea. Las obvias distancias que los separan en estilo personal, en visión de la política y en varios temas sobre el acontecer nacional no dicen de ruptura, sino de la disparidad necesaria y creadora que en la política es inevitable.

Probablemente a Uribe le impacienta cierta lentitud de Duque en el complejo arte de gobernar. Tal vez, como muchos, hubiera pensado que Duque juraría su cargo con decisiones de fondo que se creían resueltas de tiempo atrás. Por ejemplo, frente a la política que enfrente al narcotráfico y lo destruya, frente al tema de las FARC, frente a la cuestión del mando militar y de Policía, frente a la crisis fiscal que Santos dejó, frente a la parálisis económica que es otro pasivo del inepto régimen anterior, y frente a la compleja cuestión de la justicia, el presidente Uribe participa, y es evidente, de la impaciencia del corazón, diríamos recordando la novela de Stefan Zweig, que a muchos colombianos nos afecta por estos días.

Pudo no estar de acuerdo Uribe con la pasividad de Duque en la elección del contralor, que desembocó en la deplorable decisión que se impuso, cuando fue activo y determinante en la elección de presidente del Congreso; pudo no estar de acuerdo con las vacilaciones que ha mostrado frente al manejo de la crisis fiscal que Santos le dejó y frente a los remedios de una situación económica lamentable como la que el país padece; pudo parecerle sorpresivo e ingrato ver a Timochenko y Lozada, dos terribles pájaros de cuenta, participando en el diseño de la lucha contra la corrupción, después del lamentable acto electoral que le costó la derrota suya y la exaltación publicitaria de la izquierda y de doña Claudia López. Todo eso es posible y casi inevitable.

De ahí a una separación dramática, como la que se quiere proponer, hay larga distancia. Uribe sigue siendo el respaldo sin el que Duque no podría gobernar, y Duque entiende que, sin Uribe, sin su consejo y auxilio, mal parado estaría en el futuro. Y porque, además, sus coincidencias no son circunstanciales ni secundarias. En la vida y la presidencia de Uribe bebió Duque los principios que inspiran su gobierno. El emprendimiento libre como base del desarrollo. La justicia para exaltar la virtud y perseguir el crimen. La legalidad o el respeto al derecho como principio rector de toda la faena administrativa, son cuestiones esenciales de las que se desprenden las grandes coincidencias, los puntos capitales de una política. Y en eso no hay controversia ni vacilaciones entre ambos personajes.

Que estamos impacientes, no cabe duda. Las encuestas lo denuncian con una peligrosa caída en la favorabilidad de Duque, cuando deberíamos estar en el proceso político de las concesiones que siempre otorga el pueblo a los gobiernos nuevos y que la ciencia política llama “La gracia del Estado”. Pero el palo no está para cucharas y la gente, que está sufriendo la herencia de Santos quiere acciones nuevas y eficaces. Duque lo tiene que comprender y es lo que Uribe y cuantos lo elegimos estamos esperando.


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