[RETÓRICA]

El daño a Puerto Rico

El discurso que Donald Trump dedica a los tejanos o floridanos que aún se están recuperando del paso de los huracanes es muy distinto del que le dirige a los boricuas.

El daño a Puerto Rico
El daño a Puerto Rico

Según las encuestas, más de la mitad de los estadounidenses desconoce que los puertorriqueños son ciudadanos americanos. Y por la manera en que el presidente Donald Trump se refiere a los boricuas, tal parece que alguien debería recordárselo cada mañana.

No contento con el malestar que causó durante su reciente visita a la isla, donde prefirió arrojarle  a la gente rollos de papel en un barrio de San Juan antes que viajar a las zonas más afectadas por la destrucción que causó el huracán María, este jueves dedicó sus tuits matutinos a intimidar a los puertorriqueños.

El mandatario estadounidense hizo mención a la supuesta “mala gestión” de los políticos en la isla como la causa principal de un desastre que ya estaba instalado antes de la catástrofe natural. Además, señaló que FEMA (Agencia Federal Para el Manejo de Emergencias) no podía permanecer para siempre en Puerto Rico. Hablando en plata, sus tuits eran una suerte de ultimátum a más de 3 millones de ciudadanos americanos que lo están pasando muy mal, la mayoría sin electricidad ni agua potable y en peligro de contraer infecciones.

Es una retórica implacable que no dedica a los tejanos o floridanos que aún se están recuperando de huracanes que, aunque severos, no han sumido a la población en una crisis humanitaria. En partes del sur de la Florida, por ejemplo, donde el huracán Irma pasó de refilón, todavía hay colas para recibir ayuda estatal. Sin embargo, el presidente no ha tuiteado que dicha asistencia debe acabar cuanto antes y que hay que ponerse en marcha sin perder más tiempo ni más fondos públicos.

Lo cierto es que Trump no va a pasearse por los estados afectados arrojando rollos de papel a la multitud con gesto de emperador romano. Tampoco va a recorrer Houston o los cayos de la Florida para advertirles a los damnificados que no se vayan a creer que la ayuda es permanente. Cuando el presidente se desplaza a estos territorios no tiene duda de que se está dirigiendo a esa América a la que prometió en la campaña electoral que le devolvería una grandeza que supuestamente había perdido.

Me temo que cuando Trump se refiere a Puerto Rico y a los puertorriqueños ese sentimiento patrio del que tanto presume brilla  por su ausencia, como aquellos monarcas que en el pasado visitaban una lejana colonia a la que no se sentían vinculados, salvo por los lazos impuestos y las relaciones mercantiles. O sea, parece motivarlo más el debate acerca de la utilidad o no de la vetusta ley de cabotaje que tanto perjudica a Puerto Rico hoy en día, que el sufrimiento de los boricuas, víctimas de un ciclón que azotó de una punta a la otra al estado libre asociado.

Si su paso por la isla ya dejó un sabor amargo entre muchos, sus comentarios condescendientes y festinados no han hecho más que acrecentar el disgusto de la clase política puertorriqueña –desde la posición más oficiosa del gobernador Roselló a una más guerrera por parte de la alcaldesa de San Juan- que ya no sabe cómo decirle al presidente que su deber es garantizar el bienestar de todos los estadounidenses. Bajo el manto protector de Washington también se encuentran los puertorriqueños que residen en la isla y los más de 5 millones que viven en el continente.

Ocurre una y otra vez. Después de que Trump desata una tormenta de tuits lanzando descalificativos o amenazas, sus jefes de gabinete o portavoces se apresuran a deshacer los “malos entendidos” y despejar la nube tóxica que se desprende de la Casa Blanca.

No ha sido diferente en esta ocasión. Su entorno ha asegurado que los puertorriqueños recibirán toda la ayuda que necesiten el tiempo que haga falta, como el resto de los estadounidenses. Pero el pernicioso mensaje no tan subliminal obedece a las verdaderas creencias del presidente. Las mismas que en su día lo impulsaron a propagar la mentira de que Obama era un impostor que no había nacido en Estados Unidos. El daño está hecho. De eso se trataba.

La autora es escritora y periodista.


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