[CRÍMENES DE ODIO]

La llamada de la selva

Lo que contemplamos en el planeta es la barbarie agazapada en los genes contra la civilización fundada en los razonamientos. Es nuestro viejo cerebro contra ‘la nueva’ y evolucionada masa gris.

La llamada de la selva
La llamada de la selva

Una muchacha española, blanca y pecosa, viajaba en el subway de Londres junto a su marido. Él es de Bangladesh. Están cogidos de la mano y se dicen en voz baja frases risueñas propias de gentes enamoradas. Llegan a una estación. De pronto un energúmeno los insulta, le pega una bofetada al joven y sale corriendo. Es ágil y musculoso. Todo queda nítidamente registrado por una cámara, incluida la insultada perplejidad de la mujer que trata inútilmente de atrapar al agresor.

La BBC cuenta que en el Reino Unido hay un aumento alarmante de los llamados “crímenes de odio”. Es así como se califica al racismo en nuestros días. Se trata de delitos basados en prejuicios y en estereotipos. No hay causas especiales que induzcan a cometerlos. Para los racistas, los tipos con el pellejo canela y el cabello azabache no deben unirse a las mujeres de su tribu. Al agresor le resultaba insultante que una blanca, a la que no conocía, se apareara con un señor de piel oscura, presumiblemente extranjero, con quien jamás había cruzado una palabra.

Lo mismo sucede en Arabia Saudita y en otros países islámicos con relación a los no-musulmanes. Sitios en los que casarse con un cristiano es suficiente delito para merecer la muerte. O en la India fragmentada en docenas de castas. O en Estados Unidos que eligió a Donald Trump, donde algunos de sus partidarios –que él ha repudiado– se saludan al estilo nazi o utilizan ridículos capirotes típicos del KKK para celebrar el fin de la presidencia de Barack Obama, un mulato ajeno a la tradición anglosajona de los 43 presidentes que lo precedieron en la Casa Blanca.

Racismo, nacionalismo, monolingüismo y fanatismo religioso o político forman parte del mismo fenómeno: la atávica pulsión hacia la homogeneidad. La necesidad psicológica de ser iguales, de pertenecer todos al mismo grupo y, de ser posible, marchar al unísono. Los estereotipos y los prejuicios son la racionalización de ese primigenio impulso tribal. Son formas de justificar el horror a la diferencia y a la diversidad y expresan la necesidad de destruir al extraño.

Durante cientos de miles de años, quizás durante millones, nuestros antepasados lucharon contra los que eran diferentes. Los mataban y se los comían. Eso parecen demostrar, por ejemplo, los enormes depósitos de huesos humanos hallados en Atapuerca, cerca de Burgos, en España. Cuando nuestros emprendedores parientes descubrieron las ventajas de la agricultura y la domesticación de animales, desarrollaron la esclavitud.

Ya no había que matar o comerse al “extraño”. Era mucho más rentable obligarlo a trabajar. Los antiguos griegos les llamaban a los esclavos “herramientas parlantes”. Así fue, masivamente, en todas partes, hasta finales del siglo XIX. (Es un fenómeno tan reciente que yo conocí negros cubanos, ya muy viejos, que habían nacido esclavos). Así sucede todavía en parajes de África.

No obstante, a partir de la Ilustración, en los siglos XVII y XVIII, fundamentalmente en Europa, fue cristalizando la idea de que era posible convivir en sociedades diversas y desiguales sujetadas por leyes dictadas en los parlamentos. Se trataba de una audaz proposición intelectual. Descansaba en la convención de que todos los hombres eran iguales y estaban protegidos por derechos naturales procedentes de Dios.

Sus defensores rescataban una antigua suposición que los estoicos griegos habían defendido hace 2 mil 500 años y que los cristianos habían recogido en su doctrina adaptándola a su versión monoteísta. Ya no eran “los dioses” quienes otorgaron los derechos, sino el (a veces) misericordioso Dios judeocristiano. En todo caso, la defensa de la tolerancia, de la diversidad, la exaltación de sociedades desprejuiciadas vinculadas por el patriotismo constitucional, ciegas ante la raza, la religión y (últimamente) las inclinaciones sexuales, constituía una construcción artificial surgida de reflexiones morales. No estaba anclada en los genes ni en el oscuro comportamiento que procedía de los antiquísimos antecedentes de la especie.

Lo que estamos contemplando en todo el planeta es la lucha entre la llamada de la tribu y el comportamiento gradualmente civilizado que comenzó a imponerse en el mundo moderno a partir de la revolución americana de 1776. Es la voz antigua de la selva contra una concepción urbana y refinada de las relaciones humanas. Es la barbarie agazapada en los genes contra la civilización fundada en los razonamientos. Es nuestro viejo cerebro contra “la nueva” y evolucionada masa gris. Es el sistema límbico contra el neocórtex.

Cada cierto tiempo resurge el enfrentamiento. Suele ocurrir cuando hay grandes dislocaciones migratorias y surgen problemas económicos. En el siglo XX, incluido el infame Holocausto de los judíos europeos, costó decenas de millones de muertos. Esperemos que esta vez la sangre no llegue al río. Sería espantoso.


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