VIDA

La longevidad del Solitario George, una tortuga inmune

En el mes de junio de 2012 murió el Solitario George, el último ejemplar conocido de la especie Chelonoidis abongdoni, la tortuga gigante endémica de la isla de Pinta. No murió allí, sino en la Estación Darwin de Santa Cruz, donde se intentó cruzarlo con hembras de otros tipos de tortuga, pero los esfuerzos fueron baldíos y con él desapareció la especie. Mi mujer y yo tuvimos la suerte de ver al Solitario George pocos años antes, cuando apenas salía ya de su nido. Era un animal soberbio con su cuello larguísimo y sus paseos majestuosos. Pero lo que interesa más desde el punto de vista científico es el porqué de la longevidad de las tortugas gigantes de las Galápagos. El Solitario George tendría cerca de 100 años al morir.

Víctor Quesada, investigador del departamento de Bioquímica y Biología Molecular en el Instituto Universitario de Oncología de Oviedo, y sus colaboradores han publicado en la revista Nature Ecology & Evolution un estudio comparativo de los genomas del Solitario George y de otra tortuga gigante, Aldabrachelys gigantea, originaria del atolón de Aldabra en las islas Seychelles. El propósito declarado del trabajo era el de detectar posibles rasgos genéticos compartidos por esas tortugas enormes, que figuran entre los animales más longevos que existen. Los resultados indican que una de las características genéticas compartidas por los dos linajes de tortugas estudiados es la multiplicación de genes como el PRF1, que controla el sistema inmune y parece actuar en la defensa contra los patógenos. Se hallaron también duplicaciones en otros genes similares que protegen contra virus, bacterias y hongos.

Las tortugas gigantes, pues, parecen contar con un sistema inmune mucho más eficaz para llevar a cabo las funciones de protección que el de los mamíferos. Por añadidura, se sabe que, para poder alcanzar una alta esperanza de vida, en los grandes vertebrados es crucial el desarrollo de genes que puedan contribuir a evitar la expansión de tumores espontáneos. Pues bien, hasta seis tipos de ellos han sido identificados por Quesada y colaboradores en los genomas de las tortugas gigantes.

Los del tipo NEIL1 y RM12, duplicados en ambos linajes, intervienen en la reparación del ADN anómalo y, de forma interesante, también han sido desarrollados por las ratas-topo desnudas, uno de los roedores más longevos que existen. Ni qué decir tiene que, dada la distancia evolutiva que se da entre los roedores y los quelonios, se trataría de una adaptación convergente. A su vez, otros factores que alargan la vida, como la prevención de la disfunción mitocondrial o los mecanismos que impiden la pérdida de la interacción celular, también forman parte extendida del genoma de ambas tortugas.

Los resultados del estudio no servirán para recuperar al Solitario George, el gran reclamo turístico de la isla de Santa Cruz en las Galápagos, pero arrojan claves cruciales sobre los factores que permiten contar con una vida considerable.

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