“La única evidencia que veo del diablo es el deseo de todos de que esté aquí”. Le afirma a su ayudante Adso el sacerdote investigador Guillermo de Baskeville. En El nombre de la rosa, del novelista y semiólogo italiano Umberto Eco.
No es un enigma el futuro ponderado de que se desintegrará esta Gomorra, si triunfa la impunidad y el latrocinio, como están imponiéndose. Un Momotombo estallará en nuestras narices, y nos estallará por igual a los defensores y contrarios de este reino de la corrupción, de esta Gomorra sonriente y superficialoide. ¿O ya estalló con los resplandores del Lava Jato, brasileño, y sigue insepulto el cadáver? La tuya.
“Querido Adso: ¿no confundirás el amor con la lujuria?”, provoca Guillermo a su ayudante. Hoy, en esta Gomorra nativa, hasta Punta Fogón posee definición diversa. Acá beben los letrados, los sabios que advogan, que en gnäbere (se pronuncian /nobére/ y /nóbe/, testarudos) se representa con “quien muerde por mí”. ¿Cuánto muerden los que muerden por los coimeros/coimeados gomorreses? Por solo morder ya son millonarios, y me transfiere la plata en barrio seguro: la propia Suiza.
La nación feliz ostenta, al tiempo, récord mundial en inequidad y en corrupción. Dios puede poner a esta Gomorra en una guillotina, aunque no se esté en el Mar Muerto o en la Bahía de la antigua Panamá. Aunque domine el juegavivo (una sola palabra: respeta), esa es la clave, y el avivato. Los pájaros, por esa razón, le están tirando a la escopeta. Es el Cambalache de Discépolo, gigante porteño, pero en el siglo XXI. En geografía centroamericana, historia suramericana y cultura/incultura caribeña.
Es el país bipolar, que puede proclamarse, si es que persiste su adoración al juegavivo, la impunidad y el cinismo, en la República de Gomorra. Si los pillos triunfan y tú puedes verlos hoy sacando el pecho, ¿entonces para qué mantener el engaño? Que se convoque la constituyente originaria, aborigen o alienígena y se instaure esa nueva nación. Que se borren la Contraloría, las superintendencias, el emepé, el Órgano Legislativo, y, sobre todo, la justicia.
En la república, no se inventó el término ‘cinismo’, pero se luce con orgullo. ¿Cuáles son los cinco mayores cínicos gomorreses? El Capo di Tutti Capi está fuera de concurso. ¡Avivato! ‘Cinismo’ hay de todas las especies y especias: oportunista, descarado, decadente, elegante, orégano, teñido. Todo vale, desfachatez, desvergüenza, falsedad, perejil, pimienta.
¡Ay, que viva, viva Gomorra! ¡Que viva, viva Gomorra!
Vergonzoso, el ‘cinismo’ es primohermano de ‘impunidad’. Su oxígeno es estar convencido de la certeza del no castigo, no importa que hayas secuestrado a tu madre. Complejo de Edipo. Asesinó a su padre y se desposó con su madre. En la Gomorra centroamericana, ni existe la catarsis de Edipo, quien, ante tales circunstancias, se arranca los ojos. Si no existiera una ley preventiva, muchos hechos que no pueden ser probados quedarían en la impunidad. ¿Hubo alguna ley preventiva? Impunidad e inmunidad, hermanas de la caridad. ‘Inmunidad’ para limpiar la ‘impunidad’. El privilegio por el cual personas quedan libres de determinados cargos, obligaciones, oficios o penas. Hacia allá se dirigen los procesos en Gomorra. Boquete por cárcel. Paraíso por cárcel.
Sodoma es el centro del desenfreno sexual. Gomorra, del juegavivo y de la impunidad. El Génesis presagia el destino de Gomorra, y alerta sobre la corrupción rampante en esta ciudad de hoy. Los poderes fácticos se encariñan con los magistrados y políticos corruptos. Y los protegen, así como a su descendencia. “Hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, destruyó estas ciudades y cuantos hombres había en ellas”, anuncia el texto bíblico.
