“¡Dora, por aquí! ¡Dora allá!”, son las órdenes que las oscuras noches de otoño Giovanni Sacchetto da a su perra en busca de la trufa blanca de Alba, en el Piamonte italiano, un manjar que vale oro.
“No es un trabajo, es una pasión, como una enfermedad. Me puedo ir a dormir a las 11:00 p.m. y a las 3:00 a.m. me despierto para salir. No lo hago por dinero. Lo hago por mí”, contó Giovanni.
A su lado, Dora, una perra de nueve años de una raza conocida por su olfato, resulta una compañera fiel.
Como si fuera un juego, la perra, que ha sido entrenada para identificar el olor particular de la trufa, marca el lugar donde se encuentra enterrada, en general a unos 30 centímetros de profundidad y mueve la cola.
“Hace 50 años que busco trufas, conozco todas las plantas, todos los caminos”, confesó.
El 99% de la trufa blanca que se vende en el mundo proviene de la península. Si bien la cultura de la trufa forma parte de la tradición y de los secretos de la gastronomía local, Italia busca ahora que sea declarada por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
