Diablicos Restaurante

Lo mejor del menú fueron las entradas y el sancocho (tienen crema de pixbae, pero solo en estación).

Estoy tan acostumbrada a que los gobiernos que elegimos democráticamente me decepcionen (aunque el actual ha roto récords) que ya he perdido la oportunidad de asombro, pero la visita a Diablicos me devolvió, no la esperanza, sino el asombro.

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Diablicos Restaurante

Me parece genial que haya abierto en San Felipe un restaurante del tipo que realmente hacía falta, además de Las Tinajas, el Trapiche y la cocina novoistmeña de Cuquita, no teníamos un restaurante típico con buen ambiente y servicio.

Comenzamos muy bien: un ceviche de pescado del día trajo, pues, el peje diario, además de camaroncitos, en una marinada de limón sabrosísima y, además, la bonificación de que solo tenía la cebolla necesaria, y vino con canastitas de patacón.

Asimismo, las arañitas de calamares estaban excelentemente rebozadas, recién sacadas de la paila, y no se les notaba oleosidad gratuita. Yam yam. Las carimañolas rellenas de chicharrón también fueron gratificantes.

El sancocho (tienen crema de pixbae, pero solo en estación) fue un jonronazo: excelente textura, aunque un poquitín frío, trajo pollito, su dosis reglamentaria de culantro y de orégano, nada de aceite flotando por encima, ñame y otoe. Magnífico.

El Recluta de Turno no se quejó del mondongo a la culona –yo no como tripa– pero probé la salsa, a la que tal vez se le fue la mano con el pimentón y que además trajo aceituna. El guacho de mariscos vino con un color cobrizo totalmente inapropiado para el guacho, por lo menos, y con tanto, tanto pimentón que hasta tenía un dejo amargo. La corvina vino ligeramente rebozada, muy rica, pero el arroz con guandú (rain and beans según el menú) aguachado y malazo.

En cuanto a la lechona con tamal, el tamalito estaba rico; los plátanos a la tentación, como rocas, y la tal lechona fue puerco frito, con trozos de tamaños muy disparejos.

Mis langostinos al maracuyá tuvieron un problema serio: los dos que partí se deshacían con el tenedor, o sea que estaban pasados. Y el último, grandote, estaba crudo. Eso sí, el puré de yuca al mojo que los acompañaba estaba rico.

De postre, un flan muy bueno, un “helado de chicheme” demasiado grumoso y con granos de mazorca tan grandes que parecían dientes de ajo; la cocada anuncia lightly fried coconut balls, pero fue una masa en una taza, aunque de buen sabor.

En conclusión, es una vergüenza que hayan sido unos venezolanos con un chef chileno quienes hayan montado un restaurante que necesitamos con urgencia, y una pena que no tengan ni idea de lo que están haciendo. Una lástima. Dixit.

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