Cuando A. O. Scott era niño, la televisión producida en Estados Unidos no experimentaba la época dorada que ostenta hoy.
Por eso, su refugio más seguro era ir al cine, un arte que lo fascinó a lo grande desde que a los 11 años vio el estreno de Star Wars (1977).
Ir a la proyección de un filme pasó a ser para Scott un espacio formativo cuando cumplió los 15 años. Por entonces residía en París, ciudad a la que se trasladó por unos meses y por razones laborales maternas.
Como su francés era ínfimo, un día, dando vueltas por la ciudad, se topó con la Cinemateca Francesa y se la pasó viendo dos o tres clásicos del cine estadounidense por cada jornada.
De esa manera no solo descubría producciones indispensables de su propio país, sino que además, como las proyectaban con subtítulos en francés, aprendía un segundo idioma. “Esta fue mi escuela de cine”, manifiesta quien a los 16 años estaba convencido de que iba a ser crítico de música.
TELEVISIÓN
El crecimiento, “rápido y constante”, que ha tenido la televisión por cable de Estados Unidos es tan admirable, que le gustaría ser crítico de lo que ofrece cada semana la pantalla chica, ya que piensa que el momento clave de la crítica cinematográfica fue en las décadas de 1960 y 1970.
“En la crítica cinematográfica debes evaluar las películas antes de que se estrenen y no puedes decir mucho, porque sino te acaban los lectores, que te acusan de decir spoilers (dar datos de una película o una serie antes de que se haga pública su exhibición). En la televisión, la crítica se escribe a partir de que todos ya hemos visto el nuevo capítulo, por lo que no debes ocultar nada”, plantea Scott, quien publicó su primer libro en 2010: Sanctuary.
La televisión estadounidense “se toma cada vez más en serio a sí misma y es más ambiciosa que antes”. Da como ejemplos series icónicas como Los Sopranos (1999-2007) y Mad Men (2007-2015), programas que “se plantean y se presentan como si fueran una película de una hora de duración, con buenos diálogos, buenas actuaciones y una buena fotografía, lo que no siempre pasa en el cine”.
Antes se consideraba una pena que un intérprete de cine con calibre se pasara a las filas de la pantalla chica. “Se pensaba que era un fracaso para una estrella”, y ahora se estima que es un ascenso, porque la televisión “te permite tomar riesgos que no siempre el cine te brinda”, comenta Scott, que llegó a la capital paisa con su segundo libro bajo el brazo: Better Living Through Criticism: How to Think About Art, Pleasure, Beauty, and Truth (2016).
TECNOLOGÍA
Sobre la tecnología, agradece que existen ahora muchas formas de recibir la opinión de los lectores. Antes llegaba a la redacción, ocasionalmente, una que otra carta de algún lector. Con la aparición de redes sociales como Facebook y Twitter el parecer de sus receptores no se deja esperar, y por cientos.
Entiende que la internet es como una guía, “pero no me parece tan eficiente como se cree. Es útil para investigar, es lo más cercano a tener una biblioteca a la mano, pero la internet no puede reemplazar la experiencia de leer una crítica”, manifiesta Scott, quien en el pasado laboró en medios como el New York Review, el Newsday, y el New York Review of Books.
Antes de internet, indica, la crítica cinematográfica ayudaba al consumidor a saber sobre una película que llegaría a su ciudad en un mes o en un año o nunca.
Resalta que es la música la que ahora es capaz de sorprender al público, cuando un cantante saca un tema antes de la fecha estipulada o decide cantar en un sala pequeña. “Antes las películas salían primero en los festivales de cine, y podíamos hablar de ellas antes de que llegaran a salas. Ahora, de forma legal o no, pueden ver una película en cuestión de horas o días por internet”, plantea Scott, que considera como las mejores películas de todos los tiempos a El padrino, de Francis Ford Coppola, y La Dolce Vita, de Federico Fellini.

