Peter Jackson ha construido una de las más relevantes sagas fílmicas a partir de los libros de J.R.R. Tolkien.
Se trata de películas que no solo se han convertido en objeto de culto para millones de espectadores, sino que además han pasado a ser excelentes inversiones financieras al recaudar un total de 4 mil 150 millones de dólares en el planeta Tierra, y son ejemplos de la buena relación que puede darse entre el séptimo arte y las letras.
Como hizo su colega, el estadounidense George Lucas, al grabar el capítulo 4, 5 y 6 de Star Wars, el director neozelandés comenzó de adelante hacia atrás para crear un cuerpo cinematográfico a partir de la obra que se desarrolla en la Tierra Media y sus alrededores.
Como le pasó a Lucas, Jackson no puede superarse a sí mismo cuando se evalúa su trabajo por partes entre lo realizado en las tres entregas de El Señor de los Anillos y los dos capítulos de El Hobbit, aunque en conjunto la calidad sea evidente en las cinco entregas presentadas en la gran pantalla sobre un puñado de hombres, distintos entre sí, dispuestos a todo con tal de acabar con una fuerza maligna.
La primera trilogía de la Guerra de las Galaxias, cuyo argumento general le debe mucho a Tolkien, es menos compacta si se le compara con los episodios estrenados entre 1977 y 1983, aunque como ocurre con Jackson, estemos ante una notable contribución al universo audiovisual.
El Hobbit: La desolación de Smaug (2013) tiene mayor nivel de acción, un tono más sombrío, un montaje más ambicioso, una puesta en escena más elaborada y un halo épico que le faltaba a una correcta Un viaje inesperado (2012).

