Dos ojitos nerviosos se escondían detrás de las siluetas de compañeros inquietos.
-Él es penoso- repetía por enésima vez, una niña que como él asiste a la clases vespertinas de danza en el programa Enlaces en la Fundación Calicanto. No era la primera vez que me auguraban la timidez de Jaime Ruiz, quien hace una semana dejó de ser un crío anónimo en un barrio de El Chorrillo alfombrado por ladrillos rojos.
Cuando Jaime se aparta de la algarabía de su compinche, sonríe con los labios pegados y las pupilas brillando se pierden en el techo, en la mesa, hasta que, por fin decidido, se despoja de sus temores.
-“Vencí la pena, mirando un punto anaranjado que vi en la pared”, dice el chico de 12 años, de la clave para ignorar a la multitud cuando está en el escenario y completar su rutina de baile, su ‘solo’, como suele denominársele a la secuencia de un único bailarín, el día de la Competencia Internacional de Danza Activa, donde debía medirse con otros 80 preadolescentes, una mayoría dominada por niñas con inmensas ansias de triunfo.
“Uno de los jurados le aplaudió de forma comedida, algo inusual en toda la competencia”, rememora una de las trabajadoras sociales de la fundación Katty Meza, y le secunda la mamá de Jaime, Isis Ruiz, quien asistió curiosa al certamen.
El amor por la danza nacería en Jaime por pura casualidad. Fue de espectador a una función donde su prima era parte del cuerpo de ballet. La danza no fue lo primero que puso a prueba. Antes soñaba, como todo infante criado en calle 13 de El Chorrillo -separado por escasas cuadras del Casco Antiguo de la ciudad-, con convertirse en un astro del fútbol. También se manchó las manos de pintura con la pintora Olga Sinclair haciendo sus propios cuadros, intentó además meter sus sentimientos en el teatro y hasta defenderse en el karate.
Sin querer, los proyectos artísticos le perseguían, como aquella vez que le seleccionaron en un casting como candidato a actor para la película Salsipuedes. Las tardanzas le jugaron en contra y quien se quedó con el papel principal del filme fue uno de sus vecinos, quien solía acompañarle en sus andanzas. No lo lamenta.
Isis ahora entiende aquellas pataditas intermitentes que le asaltaban en el vientre y tuvo que lidiar durante su embarazo. Su primogénito estaba destinado a mover los pies, los brazos, el esqueleto entero... Así como lo vería, más adelante, recorriendo la casa entera, de cabezas si era posible, porque permanecer sentado no era lo suyo.
Destrezas
El maestro y bailarín Luis Sierra reconoce que encontró en el pequeño Jaime una habilidad especial para girar su anatomía. “Tiene facultades para las acrobacias, los saltos. Le falta desarrollar el oído musical”, dice sin mostrar preocupación por esto.
Maneja su cuerpo “tal como si se tratara de un espiral o un resorte”, refuerza Analida Galindo, directora del proyecto artístico y eje de los entrenamientos.
Un buen rebote, al momento devolver la pisada a la superficie y altura en el salto, son otras de las ventajas para que el pequeño triunfara campante en su primera competencia, enumera María Theoktisto, coordinadora del programa Enlaces, de las habilidades del tercer alumno brillante del programa social, después de los éxitos cosechados por Joameth Manzané y José Garrido.
“A Jaime lo encontramos a través de una iniciativa llamada Cazatalento. El maestro Sierra instalaba una clase sabatina al aire libre en una esquina en el barrio de El Chorrillo - relata Theoktisto-. Dos niños fueron escogidos para ingresar al programa hace tres años”. Uno desertó y el otro que continúo es el que ahora es motivo de esta historia periodística.
La suerte
En casa, Jaime es el mayor de tres hermanos. El segundo de la casa es Javier, quien tiene una similitud física con él, les llaman los gemelos. Javier sí le apuesta al fútbol. Hay un hermano más pequeño, dormido en el sillón. Viven en un modesto apartamento, después del incendio que devoró su casa en 2007.
Faltaban dos horas para celebrar la llegada del Año Nuevo. Isis tenía su mesa decorada: pavo, jamón y pescado despedían un aroma apetecible. Un niño jugaba con una estrellita, del otro lado de su cuarto, en el caserón de madera. Tiró la estrellita por la ventana, pero se atascó aún chispeante en la cortina. El niño no dijo nada por temor a un sermón. “ Se abracó de la falda de la madre ajena a lo que sucedía a sus espaldas”. Los vecinos, alertados por el humo, salieron despavoridos de sus hogares. No hubo muertes. La rebosante mesa de Año Nuevo fue devorada por las llamas. Mas Jaime, la futura promesa de la danza, salió ileso del incidente junto a su familia.

