‘GOLDEN MOMENTS’

Una Luna con dos relojes

Una Luna con dos relojes
Una Luna con dos relojes

El hombre llegó a la Luna la noche del 20 de julio de 1969 vestido con la tecnología más avanzada de la época. Cada traje que usaron Neil Armstrong, Edwin Buzz Aldrin y Michael Collins costó 2 millones de dólares. Aquella vestimenta fue una pieza más para lograr la consigna de John F. Kennedy de llevar los primeros astronautas al satélite de la Tierra. Cincuenta años después, la NASA mantiene un ropero de 11 trajes espaciales, cuyo costo ascendió a 22 millones la pieza. De estos, cuatro trajes orbitan permanentemente en la Estación Espacial Internacional para vestir a astronautas e investigadores de las cinco agencias participantes: la NASA; la Agencia Espacial Federal Rusa (FKA), la Agencia Japonesa de Exploración Espacial (JAXA), la Agencia Espacial Canadiense (CSA) y la Agencia Espacial Europea (ESA).

En el tiempo prelunar, la mayoría de los componentes y aparatos usados para el Apolo 11 fue fabricado en algún rincón de Estados Unidos, con excepciones, como el cronógrafo y reloj Omega que los tripulantes llevaron amarrados a su muñeca con una correa larga sujetada a varias vueltas. Procedentes de Suiza, los relojes que llegaron a la base de Cabo Cañaveral fueron los modelos Speedmaster Moonwatch (versión 321 ‘pre Luna’ de 1967). El Omega Speedmaster ya había hecho un tour previo en el Gémini IV en 1965, en el segundo vuelo espacial tripulado de la NASA. Pero aquellos relojes no obedecían a una moda, aunque después serían, hasta hoy, uno de los primeros íconos globales.

Tal como el equipo suizo que los elaboró, otras comitivas juntaron cabos para lograr un viaje de tal envergadura y puntual logística. Por ejemplo, el módulo Eagle (alojado dentro del cohete Apolo 11), que fue el vehículo que sirvió de transporte a los dos astronautas para el tramo de recorrido entre el cohete y la luna, había sido encargado seis años antes a la compañía Grumman Aircraft Engineering. La Grunmman, con sede en Long Island, había sido escogida en una feroz competencia de tecnología y seguridad entre las 11 empresas participantes. Tras haber clasificado, construyeron en un periodo vertiginoso menor a 7 años 13 módulos de ensayo, cuyo modelo final perfeccionado fue de aluminio, midió 6.98 m de altura y 9.45 m de ancho. Tenía tres patas, cada una con un sensor para avisar cuando la pequeña nave alunizara y en una de esas patas escondía la escalerilla de 9 escalones por donde bajaron los dos astronautas.

Una Luna con dos relojes
Una Luna con dos relojes

En ese momento, los relojes Omega eran los más exactos del mundo, dado que cada centésima de segundo era inmensamente importante, les dieron la aprobación tras ser sometidos a pruebas en condiciones extremas. La fase previa del 20 de julio ocurrió así: a las 9:27 de la mañana Buzz Aldrin se desplazó dentro del Apolo 11, entró al módulo lunar Eagle y lo encendió. Tras una hora revisando y alistando la odisea, se le unió Armstrong. Como dentro del Eagle no había sillas, los dos compañeros de viaje iban guindados de unas correas. A la 1:46 de la tarde el módulo se separó de la nave principal donde se quedó Collins a la espera.

Los dos tripulantes partieron en aquella nave solitaria con el infinito de fondo, hasta que a las 4:17 p.m. (hora de Houston) el módulo alcanzó la Luna. Y entonces hubo una primera frase: “The Eagle has landed” (El Águila ha aterrizado). A las 22:56 de aquella noche ingrávida, Armstrong descendió la escalera, se paró en la Luna, y dijo las célebres palabras: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad”. Y fue premonitorio, además de la gran hazaña de caminar por la Luna por varias horas y tener un mayor conocimiento del universo, después de esa misión se avanzó en una serie de inventos que dieron una mejor vida al hombre.

En cuanto a la ciencia, se desarrollaron los desfibriladores implantables, los microdispositivos que regulan el ritmo cardíaco. Se puso en producción de la manta térmica “espacial”, hoy usada en emergencias de hipotermia, rescates y misiones humanitarias. Se consiguió una forma de purificar el agua libre de bacterias, ionizándola. Se masificó la tela ignífuga. En cuanto a la vida moderna, fue el preámbulo de la internet, de los circuitos integrados, de las futuras computadoras caseras, de las herramientas portátiles como el primer drill inalámbrico, la aspiradora a baterías sin corriente eléctrica, y otros dispositivos médicos. En la cotidianidad se conoció la comida deshidratada y las zapatillas para ejercicio con mayor amortiguación en la suela.

Una Luna con dos relojes
Una Luna con dos relojes

Arriba, mientras el tiempo pasaba en el espacio, el comandante Neil Armstrong, el primero en la Luna, dejó su Speedmaster en el módulo lunar como respaldo, porque el temporizador electrónico del módulo no funcionó correctamente. Por su parte, Buzz Aldrin sí portó su Omega en la Luna. Más tarde, diría en su libro Regreso a la tierra. Casa al azar de 1973: “Era opcional usar el reloj mientras caminábamos sobre la superficie de la Luna... pocas cosas son menos necesarias al caminar en la Luna que saber qué hora es en Houston, Texas. Sin embargo, al ser un tipo de guardia, decidí atar el Speedmaster en mi muñeca derecha alrededor de la parte exterior de mi voluminoso traje espacial”.

En cuanto a la exactitud y el estilo de vida explorador, los relojes de pulsera mecánicos usados por Neil Armstrong y Buzz Aldrin en la misión Apolo 11 se robaron toda la atención del público. Fue un pequeño, importante y especial artilugio en una nave que medía 11 metros y portaba 3,200 toneladas de peso.

Es incalculable saber el impacto publicitario y de credibilidad que tuvo la marca suiza. ¿Cuántos televidentes vieron la transmisión en blanco y negro? Incontable, pero fue la más larga con 30 horas seguidas al aire. Todo fue magnánimo, desde creación a contra reloj de la NASA en 1958, solo nueve años antes de pisar la Luna, hasta la cantidad de mano de obra. Se cree que en la misión participaron unas 400,000 personas. Hombres y mujeres de distintas nacionalidades, desde los operadores de cada máquina que fabricó cada pieza de ensamblaje, hasta el cacique panameño Antonio Zarco, quien les dio clases en Panamá a los tres astronautas de cómo sobrevivir en la selva en caso de aterrizar en una naturaleza infranqueable.

Desde la Tierra, Gene Kranz dirigió en la sala de mando en Houston a un excelso grupo de 30 personas, cuyo promedio de edad era de 27 años. No se llamaban mileniales, y trabajaron en equipo concatenados a control remoto para que arriba en el firmamento brillaran tres verdaderos influencers: habían estudiado toda su vida con las notas más altas en la universidad o la academia militar; fueron los más aplicados, los atletas más esmerados y los más rápidos en asimilar instrucciones. Desde las enseñanzas de un cacique hasta saber administrar su serenidad en la instantaneidad crítica. El Speedmaster de Omega sigue siendo 50 años después uno de los mejores relojes calificados por la NASA para vuelos espaciales, y es el único calificado para misiones EVA: las actividades extravehiculares realizadas por cosmonautas y astronautas mientras trabajan en el espacio un día cualquiera.

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