LA ÚLTIMA PALABRA

Maestro cautivador

Patroclo, héroe griego de la guerra de Troya. Descrita en la Ilíada y protagonista de nuestras clases de literatura grecorromana dirigidas por Franz Mario García de Paredes, nuestro profesor en la Escuela de Español hace siete lustros.

Con una formación en Chile y Estados Unidos, con doctorado en literatura, Franz desarrolló como docente su cualidad de cautivador, con un don empático y su talante motivador.

Valoraba nuestro profesor que había más que una amistad entre el héroe Patroclo y el semidiós Aquiles, quienes fueron compañeros de batallas en Ptia. A la luz de la información y la metodología de entonces no pasaba de un rumor que, por el contrario, contribuía a animar nuestras clases grecolatinas.

Cuando Patroclo fue sometido al sacrificio por el bando enemigo, Homero informó que la reacción de Aquiles fue el equivalente al grito de estallido de 10 mil hombres. La gran exageración literaria y, quizás, evidencia sumaria de una amistad colorida entre ambos.

Lector infatigable, su misión era encarrilarnos por la lectura. De aquella época son insuperables lecturas, empezando por las obras de Homero, Ovidio, Fuentes, Rulfo, García Márquez, Cortázar, Asturias, Sinán, Monchi Jurado, Pernett.

El afán pedagógico de Franz, que me imagino lo tenía planeado, era mostrarnos su pasión por esos relatos, por esa historia de la humanidad, la historia del ser humano, que a todos los toca, y que está ligada a libertad, a prestigio, a progreso, sufrimiento y tristeza.

No había ningún propósito de que tuviéramos que leernos en un semestre ese momento de testimonios de vida, aunque sí motivarnos a llevar a cabo la operación lectura. Casi 40 años después sus palabras retumban en mi mente, cuando él ya ha transitado de este mundo.

Con mente adolescente –adolecidos-, los varones colocábamos en un santuario a esa Helena de nuestro corazón, de nuestros sueños de luz y quasi de opio. La vivificábamos, aun siendo personaje de la mitología, hija de Zeus, ‘luz que brilla en la oscuridad’ y pretendida también por nosotros y héroes, que no éramos nosotros, por la gran belleza que la caracterizaba. Fue seducida o raptada por Paris, príncipe de Troya, lo que dio origen a la Guerra de Troya. Reprochábamos esa guerra y envidiábamos sin chistar al tal Paris. Aunque ese plequepleque era divino: la diosa Afrodita había prometido al príncipe troyano Paris el amor de Helena como premio por haber decidido a su favor en el concurso de belleza que la había enfrentado a Hera y Atenea. Afrodita provocó que Helena se enamorase de Paris, y los amantes huyeron juntos de Esparta con el tesoro de Helena.

Nos cautivaba de esta manera, no solo en grecolatina, sino en literatura hispanoamericana y panameña. Esas lecciones atraían nuestra atención e incentivan la lectura y a asistir a las clases.

Uno entraba en el juego de la vida, que es el de la literatura, y viceversa. Sabía provocar esa empatía. Eran lecciones de ciencias humanas, validadas por el devenir de las entonces nuevas metodologías e investigaciones literarias, no obstante divertidas y energéticas.

Había un guiño hacia nosotros cuando lectura obligatoria es El arte de amar, de Ovidio. Desterrado de Roma por haber escrito este manual de seducción tanto para varones como para chicas. Muchos siglos después, en el Panamá de era de la descolonización, en el examen semestral, nos interroga sobre el arte amatorio local, a la luz de la “ciencia ovidiana”.


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