Las primeras ventas de árboles navideños, a principios del mes de diciembre, anunciaron la proximidad de las fiestas de fin de año.
El aroma de los pinos provenientes de Canadá, la efervescencia del tráfico citadino y las primeras muestras de luces decorativas en las residencias y establecimientos comerciales estrenaron la temporada de adviento de 2013.
Diciembre es un mes movido, cuyas fiestas conllevan un consumo mayor, tanto de productos como de materia energética.
Elementos como un arbolito recargado en luces, el uso excesivo de papel de regalo o el desfile vehicular inacabable podrían generar impactos en el medio ambiente e incrementar la producción de gases de efecto invernadero, que contribuyen con el calentamiento global.
En el hogar, “todos quieren las mejores luces con los efectos más sobresalientes”, afirma el jefe de la Unidad de Cambio Climático de la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam), Israel Torres.
Según el experto, el país aún carece de una conciencia eco amigable durante las festividades.
Aunque las razones son diversas, Torres lo atribuye en parte a la falta de suficientes productos armoniosos con la naturaleza que coadyuven a crear una sociedad de consumo más responsable con el entorno.
“Durante la Navidad hay un impacto sobre el ambiente porque se utiliza energía y combustible que actúan sobre los niveles de ahorro recomendables”, explica Torres, quien agrega que otros factores, como el incremento de los desechos sólidos, podrían poner en desbalance la ecología istmeña.
