El camino a la zona de playa más rica de Perú es contrastante: mientras las vallas publicitarias en la ruta vial del Pacífico sur muestran paisajes paradisíacos, los pueblos que las rodean están llenos de basura, carecen de agua potable y tienen habitantes que padecen la presencia de mafias locales.
La contradicción entre los anuncios y la realidad es casi surrealista. Las imágenes ofrecen departamentos de medio millón de dólares frente a aguas cristalinas, pero debajo de la publicidad se alzan cruces blancas de fallecidos cerca de la autopista, autos canibalizados y montículos de ladrillos usados.
A veces los autos deportivos de quienes se dirigen a toda velocidad hasta las playas privadas del sur de Lima se cruzan con otros peruanos que van o vienen caminando por la carretera.
Alejandro Sánchez, que huyó de la guerra interna hace 30 años en su natal Ayacucho, es uno de ellos, y diariamente se desplaza ocho kilómetros vendiendo helados para ganar hasta seis dólares por jornada.
Sánchez tiene la piel cobriza como la mayoría de los peruanos de los Andes y vive en una barriada limeña que lleva el nombre del héroe local, Túpac Amaru.
Para él las playas de lujo a las que se dirigen los autos que lo rebasan en la carretera no forman parte de su realidad. Por eso, cuando se le pregunta si podría ir hacia allá, junta las manos y responde: “con suerte puedo juntar el dinero para pagar la comida y los servicios de mi casa”.
Wilfredo Ardito, catedrático de derecho en la Pontificia Universidad Católica de Perú y estudioso del racismo, dijo que la publicidad del país “muestra un mundo ideal de felicidad donde todos son blancos (...) no se hace pensando en la gente pobre que vive cerca y la ve todos los días, sino en las personas que transitan en los vehículos que pasan”.

