En el pueblo de Punjab, donde el valor de una familia se mide por el número de varones que puede producir, Muhammed Azeem era diferente: él valoraba a sus hijas tanto como a sus hijos.
A sus tres niñas les enseñó a ser mujeres independientes. Cuando una de ellas se casó, se negó a adoptar el nombre de su esposo. Otra cambió su nombre a Qandeel Baloch y se hizo famosa, impactando a este país islámico conservador con videos atrevidos que la mostraban en ropa entallada moviéndose sensualmente.
A Azeem no le importaba. “Yo apoyaba todo lo que ella hacía”, dijo. El amor de su padre ayudó a Qandeel a convertirse en un modelo a seguir para toda una nueva generación de jóvenes pakistaníes, pero quizá sembró la semilla de su destrucción.
Su hermano menor, Muhammed Wazeem, estaba furioso. La gente del pueblo solía mostrarle las publicaciones de su hermana en Facebook y criticaba a su familia por permitir que hiciera los videos. Decidió que tenía que salvar el “honor” de su familia y el mes pasado drogó a Qandeel mientras sus padres dormían y la estranguló. En la mayoría de los asesinatos de honor, la familia suele defender al asesino, pero no en este caso. “Mi hijo cometió un error”, dijo Azeem.
Esta es la historia de una chica de una de las zonas más pobres y rezagadas de Pakistán que emergió para cambiar un país y fue asesinada por su papel en el enfrentamiento entre la tradición y la modernidad en Pakistán, entre el fundamentalismo islámico y el secularismo. En su pueblo natal, Shah Saddaruddin, la mayoría de las niñas son ocultadas cuando llegan a la pubertad y muchas se casan poco después con un chico elegido por sus padres. En un país en el que mil personas mueren cada año por asesinatos de honor, las mujeres son la presa más común.

