Reflexiones de un sanador musical

Es la primera vez que Raphael Jiménez, director orquestal del Conservatorio de Oberlin, participa del Campamento Musical Juvenil, que clausura hoy.

Reflexiones de un sanador musical
CORTESÍA/ANC.

Terence Ford, presidente de la Asociación Nacional de Conciertos y creador del Campamento Musical Juvenil hace 29 años, describe a Raphael Jiménez como un director orquestal “exigente” y que se rumoraba que “trabajar con él era muy difícil”.

Lo cierto es que “trabajar con alguien como él, y que no se aproveche, no tiene sentido, ya que pueden comunicarse en su mismo idioma”, describe.

Antes de sostener una batuta de director, Jiménez sujetó el arco de un violín.

Aunque nació en la ciudad de Florida, Estados Unidos (EU), creció profesionalmente en Venezuela dentro del movimiento de orquestas juveniles conocido como “El Sistema”, creado por el músico y activista venezolano José Antonio Abreu.

Jiménez fue primer violín de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar; luego se abocó a la dirección sinfónica, trabajando en núcleos de riesgo social como parte del proyecto de Abreu.

Cursó un posgrado en dirección orquestal en la Universidad del estado de Michigan (EU) y hace tres años obtuvo por concurso la posición de director del Conservatorio de Oberlin.

“Muchos lo consideran el programa de pre grado más avanzado en música que hay en Estados Unidos, donde se promueven las ansias de conocer. El 30% de mis estudiantes en la orquesta también está en otras carreras. Estudian biología y música o neurociencia y música”, afirma Jiménez a La Prensa.

meditaciones

En momentos en los que se han perdido tantas cosas, afirma el director, es imposible negar que un artista, en algún momento, se cuestiona lo que hace, sin darse cuenta del valor que tiene.

A pesar de eso, “nos damos cuenta de que es nuestro deber preservar y transmitir un legado cultural valioso, cultivar la belleza y ejercer la estética”, lo que, sin duda, “nos puede alejar del camino errado de la guerra y el odio, lo que está destruyendo al ser humano”, afirma.

Como director, Raphael Jiménez prefiere pensar que no solamente promueve un arte y un legado cultural, sino que se convierte en una especie de “sanador y terapeuta”, uno que no solo lo ejerce el ejecutante, sino también el que participa como escucha, como público activo, quien también se involucra en ese proceso de purificación de espíritu.

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