El mexicano Arturo Ripstein presentó en París su última película, repleta de humor negro, y habló de las dificultades de hacer cine fuera de los caminos trillados de Hollywood.
“Un melodrama, en este momento, en blanco y negro, no es exactamente lo que puede decirse una dulzura comercial a los ojos de ningún ente financiero”, ironiza Ripstein, de 72 años.
Según el realizador de La calle de la amargura, “el cine mexicano nunca tuvo interés en mostrar la cara más o menos verdadera de México: un país desgarrado y no la cara que nos gustaría tener”.
Admite que ello pueda estar cambiando gracias a directores jóvenes, entre los que cita a Amat Escalante y a su mentor, Carlos Reygadas, ambos autores de un cine crudo que de alguna forma le está emparentado.
Ripstein fue discípulo de Luis Buñuel, con quien colaboró en muchas oportunidades hasta la muerte del genio español del surrealismo, en 1983.
En La calle de la amargura pone foco sobre seres marginales, héroes desconocidos o anónimos miserables, “olvidados” del siglo XXI que sobreviven en rincones oscuros en pleno centro del DF. El filme cuenta la sórdida historia de dos viejas prostitutas. Una sufre de soledad y la otra tiene problemas con una hija adolescente y un marido travesti.
Dos luchadores enanos las contratan para celebrar una victoria en el ring. Las dos traman drogarlos para robarles el dinero que ganaron y los matan sin querer. Filmada en blanco y negro, pasa del drama a la comedia en espacio de una réplica, que sus protagonistas disparan con delicioso gracejo chilango (del DF), demasiado florido para ser real, pero por sí solo una música. Paz Alicia Garciadiego, guionista del filme y esposa de Ripstein, aclara que se trata de una opción estética barroca, deliberadamente no naturalista.

