E El tiburón forma parte de las especies en peligro por la pesca desenfrenada que amenaza a algunos ejemplares, aunque suscita más miedo que empatía.
Las estimaciones de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (Cites) son alarmantes: cada año 100 millones de escualos mueren en el mar. O sea, dos veces más capturas de las que permitirían mantener a la población de tiburones en el nivel actual, advierten las oenegés de protección de la fauna.
“Es un tema de vida o muerte”, resume sin rodeos Luke Warwick, del instituto de investigación independiente estadounidense Pew.
“La demanda, en particular de aletas, carne o branquias es más alta que nunca”, afirma Andy Cornish, experto de escualos en la organización mundial de protección de la naturaleza WWF.
“Muchos países del mundo no tienen pesca sostenible, ni la más mínima regla para la pesca de tiburones, cada uno puede llevarse lo que quiera”, acusa Cornish.
“Incluso en los que las tienen, las normas no se aplican”.
El apetito insaciable de los consumidores asiáticos por la carne, el aceite, la piel o el hígado de tiburón los han convertido en una presa muy buscada.
Algunos pescadores no dudan en cortarles las aletas y luego lanzarlos vivos al mar, una práctica prohibida pero llevada a cabo en zonas del océano Índico o del Pacífico.
China ha prohibido oficialmente la sopa de aleta de tiburón en las cenas oficiales. Pero el plato sigue siendo muy apreciado en el país y en Singapur.
La medicina tradicional del sur de China preconiza el agua de la cocción de las branquias de las mantas raya y las diablo para purificar el sistema sanguíneo, aunque no se ha probado científicamente su eficacia.

