Al calor de las llamas anaranjadas y azules que exhala el mechero, don Adán sopla su propio aliento dentro del vidrio fundido para crear una delicada esfera. Este arte adorna miles de árboles navideños en Estados Unidos y Canadá.
Esferas perfectas o alargadas en forma de gota, torcidas en espiral y hasta aplanadas con una máquina para hacer tortillas hacen rodar la economía de Tlalpujahua, un pintoresco poblado entre bosques de Michoacán (oeste), en cuyas coloniales calles pululan comercios como “El taller de Santa” o “La casa de la Navidad”.
Como don Adán Marín, muchos de los 28 mil habitantes del pueblo se dedican desde hace más de medio siglo a la fabricación de esferas de vidrio soplado, y sorprenden con improbables figuras como flores de Nochebuena, muñecos de nieve, ángeles... y hasta pokebolas (pelotas para transportar Pokémon), que se venden por montones en Norteamérica.
Esta simpática actividad contrasta con el clima de violencia que ha marcado durante años a Michoacán, tierra fértil para la producción de drogas y escenario de cruentas disputas entre cárteles como los -ahora desmantelados- Caballeros Templarios, que minaron el paisaje de fosas clandestinas.
“Tlalpujahua es un pueblo mágico, seguro”, dice Rafael Berrios, vocero del gobierno local, al explicar que el crimen organizado se ha mantenido al margen gracias a “un operativo de seguridad muy hermético”.