PAULO COELHO

Zambullida en la infancia

HISTORIA. Hans Christian Andersen (1805-1875) fue el escritor danés que con sus historias enriqueció la infancia de varias generaciones. Andersen nació en Odense: su padre era zapatero, la madre trabajaba como lavandera. Fue ella quien lo animó a escribir sus propias fábulas.

No hay mayor homenaje a Andersen que el de compartir su cuento El soldadito de plomo, con el que yo solía llorar siempre que mi madre me lo contaba. A continuación, una versión resumida:

Érase una vez 25 soldados de plomo, todos hermanos. Cada uno de ellos cargaba su fusil y todos iban vestidos con sus flamantes uniformes, de rojo y azul. Las primeras palabras que el pequeño batallón escuchó vinieron de los labios de un niño:

– ¡Soldados, soldados! El chico manifestaba su alegría ante su regalo de cumpleaños. Sobre la mesa había otros muchos juguetes, siendo el más atractivo de todos un encantador castillo de cartón, en el que una bailarina extendía sus delicados brazos hacia el cielo.

– Sería la esposa más adecuada para mí– pensó–. Pero ella vive en un palacio.

Decidió esconder su amor y pasarse el resto de la vida contemplando a la pequeña bailarina. Cada noche, cuando las personas de la casa se iban a dormir, llegaba la hora en que los muñecos jugaban y se divertían visitándose, realizando batallas o dando bailes.

Cierto día, la sirvienta vio que había un soldado sin pierna, y lo tiró por la ventana. Unos niños que pasaban vieron el muñeco roto y lo pusieron en un barco de papel, que fue navegando por la cuneta hasta las alcantarillas, que a su vez se lo llevó hasta un río. Allí, un pez se tragó al soldado.

El pez acabó siendo pescado y vendido a la misma casa en la que, un día, un niño recibiera 25 soldaditos de regalo. La misma sirvienta que lo había tirado por la ventana lo encontró en el vientre del pescado, y en esta ocasión lo arrojó al fuego.

Antes de caer entre las llamas, él pudo ver por última vez el castillo con la linda bailarina en la puerta. Y vio, en los ojos de ella, una lágrima de cartón –ella también lo había extrañado.

Poco a poco empezó a derretirse. A medida que sus ropas perdían los colores, él procuraba mantener su porte marcial, con los ojos fijos en aquella a quien jurara amor eterno. Los dos se contemplaban, tristes por estar lejos y contentos por la oportunidad de encontrarse una vez más. No se sabe cómo, pero una corriente de aire atravesó la sala y arrancó de su lugar a la pequeña bailarina, que voló como un hada y también fue a caer entre las llamas.

Dicen que Dios es generoso con los que aman y que por eso les da la oportunidad de estar juntos. Al día siguiente, cuando la sirvienta retiraba las cenizas, reparó en un pequeño corazón hecho de plomo que tenía en el centro una lentejuela que –ella lo sabía– pertenecía a otro juguete que estaba en la mesa de los niños.

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