A menudo despreciadas por tener un aspecto que no va acorde con los “cánones de belleza” impuestos por la industria, las frutas y verduras “feas” se han vuelto un objeto atractivo para quienes luchan contra el desperdicio de alimentos.
Frente a la imagen de los estantes llenos de productos frescos relucientes y de formas perfectas en los supermercados, cada vez es más frecuente ver cómo se van abriendo un hueco otros alimentos “menos agraciados”.
El agricultor francés Nicolas Chabanne, fundador del movimiento “Les gueules cassées” (Las caras rotas), trabaja para posicionar esos productos en el mercado y ya ha logrado un millar de socios en todo el mundo.
¿Su estrategia? Vender una manzana con una etiqueta cuyo logotipo muestra una cara con un solo diente a productores que se comprometen a ponerla entre sus alimentos “feos”, ofreciéndolos a un menor precio.
Luego parte del dinero recaudado se destina a asociaciones que dan de comer a los menos favorecidos.
“Cuando se ponen manzanas feas al lado de otras muy bonitas, nuestros ojos se fijan antes en las más bonitas”, sostiene Chabanne, que se esfuerza en hacer ver que aquellas menos atractivas también son de calidad e incluso más baratas. Y explica que, por el lado de los agricultores, “es terrible desechar alimentos de buenas cosechas solo porque no corresponden con las características habituales”.
Si la iniciativa para optimizar la producción comenzó con las frutas y las legumbres, poco a poco ha aumentado la demanda para otros productos como los quesos o los cereales del desayuno.
El concepto ha ganado adeptos en Portugal con la cooperativa Fruta Feia, en Australia con la asociación Second Bite y en Estados Unidos se lanzó la campaña Imperfectly Delicious Produce.

