Cuando el 5 de julio de hace 20 años nació Dolly, la oveja clonada, muchos saludaron la toma de control del ser humano sobre el ADN como anticipo de futuros avances, por ejemplo, en materia de trasplante de órganos.
Otros, en cambio, temblaron ante el advenimiento de un mundo hecho de seres idénticos criados como piezas de repuesto. En realidad, nada de eso ocurrió.
La clonación humana, un proceso complejo, riesgoso y éticamente cuestionable, fue reemplazado por otras tecnologías como fuente de la medicina regenerativa.
Dolly fue el primer mamífero clonado mediante una técnica denominada Transferencia Nuclear de Células Somáticas (TNCS). Consiste en retirar el núcleo de la célula con su correspondiente ADN de una célula que no sea un óvulo o espermatozoide, e implantarla en un óvulo no fecundado, al que previamente se retiró el núcleo. En el caso de Dolly, la célula fue tomada de una glándula mamaria. Una vez efectuada la transferencia, el huevo reprograma un embrión a partir del ADN que comienza a desarrollarse como hijo de un solo progenitor. No se conoce a la fecha una clonación de ese tipo con humanos. Existe una oposición global a la reproducción de humanos por clonación. Aparte de las objeciones éticas y de derechos a la creación de seres humanos como fotocopias, también hay un problema de seguridad.
Solo un puñado de animales clonados sobrevivieron al nacimiento, y muchos tuvieron problemas de salud posteriores. Los expertos consideran que la oposición moral a la clonación como técnica de reproducción opaca los beneficios de esta técnica en materia de medicina regenerativa.

