Managua es una ciudad llena de imposturas oficiales que bien podemos llamar mesiánicas. Pongamos por caso los árboles de la vida o arbolatas, como han sido bautizados por el ingenio popular, artefactos sembrados en calles, rotondas y avenidas por docenas. Precisamente, abro mi novela Ya nadie llora por mí, con la visión de ese bosque hechizo.
Durante las demostraciones populares de abril pasado, encabezadas por jóvenes estudiantes, de los cuales cerca de 50 perdieron la vida bajo las balas, muchos fueron derribados entre clamores triunfales. En los videos, los muchachos siembran plantitas de árboles verdaderos en lugar de las monstruosas estructuras. Pero aún quedan bastantes en pie, aunque siguen cayendo. Estos árboles sin vida, de significado esotérico, provienen de una tradición antigua y siempre tuvieron una sacerdotisa encargada de su culto. La pretensión de controlar la estética urbana, arruinándola, es parte de la obsesión desmesurada de controlar el todo, o controlarlo todo, algo que parece sacado del mundo orwelliano, pero más asfixiante aún.
De esa agresión contra el paisaje son parte también las gigantografías de la pareja presidencial que se multiplican vigilantes e ineludibles a la mirada. Esa misma voluntad controla los colores que debes ver, una gama caprichosa y arbitraria que empieza con el rosado chicha, colores que se muestran, agresivos, en banderolas, paredes de los edificios públicos, muros y bordillos de aceras y hasta la tipografía.
Hay un tipo único de letra para los encabezados de circulares, comunicados de prensa y cartas, que se alterna con la caligrafía de la primera dama, su letra inscrita también hasta en los billetes de lotería y la @ para marcar de una vez el masculino y el femenino. Por supuesto, las consignas, creaciones poéticas de notable extravagancia unas veces y otras fruto del saqueo de las oraciones católicas, sin que queden por fuera las celebraciones religiosas mismas, empezando por las de la Virgen María del mes de diciembre. Costosos altares erigidos por decenas a lo largo de la avenida “De Chávez a Bolívar”, entraron a competir con los que cada familia levanta por tradición en sus casas.
Recién pasadas las últimas elecciones presidenciales se leía en cada uno de esos lujosos altares una consigna sacada de un novenario a la Virgen: “¡Victoria, victoria, María triunfó!”. La que había triunfado era la Virgen, convertida en valedora del partido oficial. Como los obispos han condenado las masacres contra los estudiantes y exigen un nuevo orden democrático, los empleados públicos son convocados ahora a cultos de oración y alabanza en las rotondas de la ciudad.
Los policías antimotines, antes de su jornada diaria, deben rezar estas alabanzas de rodillas en los cuarteles. Al controlar el todo, lo que se ha pretendido es crear un vacío lleno de silencio y de miedo. El silencio y el miedo se han roto y enseñan fracturas irreversibles. Como en ese guion del todo total nunca cupieron los colores de la bandera de Nicaragua, ahora son subversivos. Corren a borrarlos donde la gente los pinta solo para que vuelvan a aparecer de nuevo. En las marchas lo que se ve es una oleada de banderas azul y blanco. En las redes cuenta un ciudadano que en un alto, mientras conducía, tomó la bandera que un niño le ofrecía, pero como el semáforo cambió tuvo que avanzar. Luego, de regreso, lo buscó y quiso pagársela.―No señor, fue la respuesta del niño. La bandera no se vende.