Con su placa de “inspector” bien a la vista, el voluntario Liu Li persigue en Pekín a los infractores de la ambiciosa ley antitabaco adoptada hace un año, que prohíbe fumar en los espacios públicos cerrados de la capital, un desafío en un país donde el cigarrillo es el rey.
“Somos extremadamente sensibles. Podemos adivinar con el olfato si alguien está fumando”, explica Liu, profesor de arte de 33 años, mientras patrulla por un edificio de oficinas del centro pekinés.
Liu forma parte de los miles de voluntarios vestidos con chaquetas azules, que persiguen a los fumadores infractores y les “sacan a veces una confesión escrita” transmitida después a las autoridades.
“¡Andad sin hacer ruido!”, ordenó Liu a dos compañeros. “A veces, cuando nos oyen, intentan escaparse”.
En una ciudad de 20 millones de habitantes donde se fuma fácilmente al tomar el ascensor o dentro de un taxi, la prohibición de fumar en los lugares públicos cerrados está lejos de ser respetada.
Según la ley en vigor desde el 1 de junio de 2015, las tiendas o restaurantes que infrinjan la normativa se exponen a una multa de mil 500 dólares, mientras que los fumadores pillados pueden ser sancionados con 30 dólares.
Un desafío para China, primer país consumidor de tabaco, en el que uno de cada dos adultos es fumador y donde el tabaquismo conlleva la muerte de un millón de personas cada año, según la Organización Mundial de la Salud.
La experiencia en la capital china era crucial para la eventual extensión de la ley nacionalmente. No obstante, a pesar de la incertidumbre inicial sobre una aplicación laxa, la ley pekinesa parece haber dado sus frutos.
Según las cifras oficiales, desde el año pasado Pekín ha recaudado más de 151 mil dólares en multas.
Según la comisión para la salud y la planificación familiar, solo el 4% de los lugares públicos está normalmente ocupado por fumadores, en comparación con más del 12% hace un año.
Un éxito conseguido en parte gracias a los 12 mil “voluntarios antitabaco” registrados, que comprenden desde estudiantes, jubilados hasta funcionarios.
Aunque los voluntarios no imponen multas, la mayoría de los fumadores “aceptan escucharnos si usamos el tono adecuado, al ver nuestros uniformes”.
El objetivo es “disuadir sin forzar”, pero “algunos obtusos pueden reaccionar de manera violenta”, reconoce.
Muchos establecimientos además todavía admiten a los clientes fumadores, gracias a los controles aún muy aleatorios y espaciados.
“Hay una reducción del número de fumadores”, pero “es difícil oponerse a los clientes”, indica Wang Haiguang, jefe de una cafetería, mientras dos comensales encienden un cigarrillo.

