La película Un traductor no solo fue una oportunidad para los hermanos Rodrigo y Sebastián Barriuso de trabajar juntos, sino para “entender quiénes somos como cineastas, como personas, y de conocer más a nuestro padre”.
La cinta biográfica del padre de los directores narra sus anécdotas mientras sirvió de traductor entre médicos cubanos y los niños que empiezan a llegar de la URSS luego del accidente nuclear de Chernóbil (26 de abril de 1986).
Durante una entrevista a este diario, los directores compartieron algunas experiencias en la creación y filmación.
¿Cómo fue el proceso de investigación?
Fue muy lindo, no solo sobre la historia en sí de los niños de Chernóbil, sino a la hora de caracterizar Cuba en el año 89, cómo se vestía la gente, qué carros conducían, cosas que estaban de moda, qué se leía. Hacer una película de época es muy lindo, además, una época que está muy reciente en el colectivo, no estamos hablando de 1800 y ya no hay nadie vivo. Y fue muy lindo verla en Cuba, porque el público cubano habla mucho mientras ve películas y se la pasaba diciendo: ¡ah, yo me acuerdo de eso!
Todo empieza con las anécdotas de nuestro padre. Todos los días a las 6:00 p.m. él le enviaba a Sebastián un e-mail con memorias que recordaba de aquel entonces. Y Sebastián tiene historias de ir en el metro en Toronto, Canadá, llorando porque eran historias realmente muy duras. Mucho más duras de lo que terminamos poniendo en la película.
¿Se censuraron?
No es autocensura, solo que no queríamos caer en el melodrama. Son cosas que si las pones en pantalla pueden afectar. La realidad supera a la ficción. La película no se trata sobre los niños de Chernóbil, sino del viaje de este hombre trabajando con los niños de Chernóbil.
¿Cómo fue trabajar los diálogos en ruso?
No tiene realmente mucho truco. Dirigir es 100% intuitivo. Tú estás viendo una película con Meryl Streep y no hablas inglés, y estás leyendo subtítulos y sabes si la actuación es buena o no. Además, teníamos una asesora en el set que nos iba diciendo si los actores iban improvisando un poco. Porque había actores que sí son rusos, entonces a veces se salen un poquito del guion y la asesora nos decía si la línea se había cambiado, y nosotros decidimos si funcionaban o no.
¿Cómo fue trabajar con niños?
Es una dicha y una constante en nuestros trabajos. Parece que no escarmentamos, que nos gusta mucho. En esta película llegó un momento en el que estábamos trabajando con 25 o 30 niños, y valga la aclaración, con niños cubanos, que son súper inquietos. Además, en Cuba todo el mundo toma café, incluyendo los niños, ahora imagínate tú un niño a las 11:00 p.m. filmando pero tomando café como un loco, porque le gusta tomar café, entonces estábamos nosotros: “¡Muchacho por favor tate tranquilo!”. Entonces, era muy simpático porque terminamos filmando un montón de planos de película cuando los niños estaban haciendo cualquier otra cosa menos lo que pedíamos que hicieran.
Pero una de las cosas mágicas de los niños es que no tienen la habilidad de esconder lo que están pensando y son de genuinidad muy grande y de una verdad incontenible.
¿Qué mensaje esperan deje la película?
De esperanza. De humanismo. La necesidad de ser parte activa de la comunidad internacional, de saber que nuestro circuito inmediato es importante, pero el no inmediato también merece atención.

