Michel Houellebecq, uno de los escritores franceses vivos más famosos, se prestó al exhibicionismo en una muestra en París que pone en escena en 18 salas sus obsesiones: el vacío de la existencia moderna, el sexo o la muerte de su perro.
Presentada en el Palais de Tokyo, la muestra “Rester vivant” (Seguir vivo) que retoma el título de uno de sus libros, es un caleidoscopio de los pensamientos atormentados del controvertido novelista.
Se abre con la foto de un paisaje y la frase “es hora de que hagan sus apuestas”. A lo largo de las salas, hay un bar donde podrá fumar y tomarse una cerveza, una “tumba” dedicada a su perro Clément y una máquina de mezclar tintas.
Hay fotografías de peajes de autopistas, de Avallon, a 200 km al sudeste de París donde pasó la infancia, o de los paisajes desiertos de Almería. Y de vacas, el animal predilecto del autor de Las partículas elementales. Los únicos seres humanos son retratos de mujeres jóvenes desnudas o en atuendo sadomasoquista.
