Lorenzo Silva evalúa los aspectos en los que está mejor Afganistán desde el fin del régimen talibán en 2001: “hay lugares donde las mujeres tienen alguna posibilidad de desarrollo personal, se ha reconstruido una parte de sus infraestructuras, hay afganos a los que se les ofrece una mínima oportunidad de tener una vida más allá de su círculo tribal”.
Aunque la situación de inseguridad “sigue siendo muy grave, y el dominio talibán de buena parte del territorio, innegable. En Kabul, teórica zona segura, el consulado español estuvo hace seis meses sitiado durante horas por asaltantes que acabaron con la vida de dos de los policías que lo protegían”.
Silva recuerda que Afganistán lleva “medio siglo de guerra civil, con tres intervenciones extranjeras sucesivas (la desaparecida URSS, los muyahidines financiados por Estados Unidos y luego la coalición internacional liderada por Estados Unidos) que no han hecho sino agravar las fracturas tribales, religiosas y étnicas que forman parte de su ardua idiosincrasia”.
La violencia es el estado natural “al que muchos afganos quisieran escapar para poder dedicarse sin más a cultivar sus tierras o llevar sus negocios, pero que pesa como plomo en las alas del país, y que en efecto, compromete seriamente su desarrollo económico y social”.
Afganistán tiene el reto de sortear los ataques de los talibanes o del Estado Islámico y parte de la solución “pasaría por reconocer las diferencias culturales y tratar de establecer con lealtad; esto es, observándolo siempre, y no solo cuando conviene, un mínimo de derechos y valores universales que cada comunidad debe asumir per se, sin más recurso a la fuerza exterior que el imprescindible, siempre de la mano de los musulmanes moderados e ilustrados, que existen”.
Cuando se promueve la mejora de un país “con blindados y soldados armados hasta los dientes que de vez en cuando abren fuego, los naturales del lugar tienden a rechazarla”.
La mujer sigue estando bastante ausente de la vida pública de Afganistán. “Es una postergación ancestral, parte de una cultura tribal en la que la mujer es simplemente una posesión, primero del padre y luego del marido, con la que además se comercia y que ha de rendir una utilidad a su propietario. Se requiere un largo y paciente esfuerzo de reeducación para cambiar ese esquema mental. En las zonas rurales el padre vende a la hija en cuanto puede porque es una fuente de ganancia, y si espera demasiado puede que ya no logre venderla y haya de cargar con ella como una boca inútil. Y las compran hombres mucho mayores porque las mujeres son caras y solo hombres de una cierta edad han ahorrado lo suficiente”, dice Silva.

