Mientras viajaba por Estados Unidos, Andy Robinson descubrió que había una polarización económica y política que fracturaba al país. Esa situación, indica, es palpable, en especial, en la clase obrera y en la clase media.
Estados Unidos está en medio de un “terremoto social”, al perder una oportunidad histórica cuando queda por fuera del juego político Bernie Sanders en las primarias demócratas ante Hillary Clinton, a quien como estadista considera superior a Clinton y Donald Trump.
Estados Unidos está fragmentado, resalta. Por eso, necesitaba un revolucionario como Sanders, que no iba a complacer el establishment de los partidos, ni iba a escuchar las órdenes de Wall Street y que deseaba regresar a su país a las décadas de 1950 y 1960, cuando todas las clases sociales crecieron a un ritmo más o menos igual.
Le irrita la desigualdad social que impera en Estados Unidos, donde el 99% de su gente son trabajadores y de clase media y que hay un ínfimo 1% de la población que no sabe lo que es pasar por el hambre, el desempleo o las enormes deudas para poder estudiar o tener una casa.
No entiende cómo pueden haber personas que crean que Donald Trump puede representar sus intereses, si él forma parte de ese privilegiado 1% en la unión americana. Los electores tienen la última palabra y espera que esa toma de decisión sea a favor de Hillary Clinton, aunque reitera que Bernie Sanders habría tenido más intención de promover una sociedad más justa.
LIDERAZGO GLOBAL
A los jerarcas demócratas en lo general y a la oligarquía financiera nacional e internacional en lo particular, apunta Andy Robinson, le conviene más tener a la familia Clinton en el poder, que a un hombre difícil de controlar como Sanders, quien no recibiría con agrado las exigencias del Foro Económico Mundial.
La situación es tan grave como lo que ocurrió durante el crack económico de la década de 1920, con la diferencia que por entonces se tenía la ilusión de que todo iba a cambiar para bien y no está seguro que esa sea la sensación que se tenga en Estados Unidos sobre el futuro inmediato.
Aunque no quiere ser apocalíptico, le preocupa que Estados Unidos sufre de una enfermedad política que más adelante, si llegara a ganar Trump la contienda electoral, el país pueda perder su liderazgo global.
El discurso racista de Trump, comenta, ha calado entre los obreros blancos, porque están resentidos y frustrados porque han perdido su nivel adquisitivo y lo usual es culpar a los más débiles de la cadena: la comunidad afroamericana y el inmigrante latinoamericano, quienes de paso, resalta, son a los que la policía tiene más en la mira.
Le parece absurdo la advertencia de Trump de construir un muro en la frontera de la unión americana con México para detener a cada inmigrante que intente ingresar de forma ilegal.
Critica a las cárceles estadounidenses, porque son empresas privadas que necesitan reclusos para ganar dinero y qué mejor manera que llenarlas de latinoamericanos y afroamericanos.
Le duele que los medios de comunicación social le sigan la estrategia a Donald Trump, que ante cada comentario absurdo que dice, los periodistas corren a propagarlo y eso, considera, es promoción al fin y al cabo.
Lamenta que las elecciones sean “el mejor regalo económico” para los medios de comunicación en Estados Unidos, quienes aumentan su cuota publicitaria de forma sorprendente y eso les puede quitar credibilidad a la hora de abordar este tema en sus noticieros.
La eventual victoria de Clinton en las urnas la califica como “un triunfo amargo”, porque ella ganará no por sus propuestas, ni por su capacidad de mando, ni por representar al estadounidense promedio, sino simplemente para detener las intenciones de Trump.
Sobre Barack Obama, admite que la herencia que dejará es “bastante contradictoria”. Por un lado, llegó al poder en medio de un colapso económico, cuya responsabilidad fue del exmandatario George W. Bush.
Además, recibió una administración que estaba hasta el cuello en las guerras en Afganistán e Irak, más la estela del terrorismo que golpeó a la nación desde aquel 11 de septiembre.
Advierte que su más criticable costado es que Obama es el presidente que más deportaciones ha autorizado en el último cuarto de siglo. Advierte que aún con eso en contra sigue apoyando a Barack, por toda la carga simbólica que significó su llegada al Despacho Oval.

