´Rayuela´ y otras noticias

Ayer (escribí esta nota el jueves pasado) llegó a mi casa un ejemplar de la edición conmemorativa de los 50 años de Rayuela, la gran contranovela de Julio Cortázar.

A esa misma hora, llegaba a mis oídos una mala noticia: al Canal de Panamá no le habían dado el Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

Era y es el año de Panamá, pero como se ve empezamos mal. Tuve un repentino y profundo cabreo, como si me lo hubieran denegado a mí y pasé un mal rato vespertino.

Yo soñaba con que ese galardón, del que he sido jurado durante los últimos 12 años, viniera a parar a manos de Panamá y que fundaciones europeas o institutos asiáticos podían esperar un año a que se produjera su momento.

El jurado soberano estimó lo contrario y yo acato, pero lo deploro. Tardé, pues, un par de horas, en silencio total, en recuperarme, hasta que eché manos de la edición de Rayuela que tenía encima de mi mesa, en mi salón, lo que yo llamo el confesionario, donde me siento todas las tardes a leer y a escuchar música hasta que las horas se vuelven amarillas y comienza a oscurecer sobre Madrid.

Es un episodio que se repite todos los días, pero a mí me gusta cada vez más ser un espectador cercano del paso de las horas de la tarde, entregado a la lectura y al jazz, y será por eso que en los últimos tiempos no tengo ganas de salir a la calle por la tarde, sino quedarme en mi casa, como escondido del mundo, pero metido en mi mundo, entre las múltiples paredes de mi imaginación.

Rayuela, entonces. Cuando la leí por primera vez quedé asombrado de la maestría de Cortázar, del malabarismo verbal del argentino que nació en Bruselas en 1914 “accidentalmente”.

Lo cierto es que había leído algunos libros de cuentos de Cortázar y ya estaba prendado de aquella forma extraña y a la vez tan clara para construir figuraciones que acompañaban al principio del relato, siempre sacado de la realidad.

De ahí la discusión de si Cortázar es un novelista realista o un novelista fantástico, supongo que al propio Cortázar le habría divertido esta dicotomía que es, muchas veces, más arbitraria que verdadera.

Rayuela, sin embargo, fue una epifanía que no ha dejado en ningún momento de sorprenderme, de modo que siempre que me acerco a sus páginas quedo deslumbrado como la primera vez que lo hice.

REGALO EXCEPCIONAL

Tengo por costumbre echarme a la sombra en la tarde de los veranos de Madrid, en la casa de la sierra, después de trabajar por la mañana en algunos de los textos novelescos en los que ando revolviendo, y leer algunas páginas de Rayuela, algunos capítulos, sin orden ni concierto, como acercándome a un cuerpo inmenso cuya belleza literaria es difícil de alcanzar.

Esta edición de Rayuela, llevada a cabo por Alfaguara, es además un regalo excepcional: trae, al principio del libro, un plano de París donde se desarrolla parte de la novela, especialmente “Del lado de acá”.

Me he recorrido personalmente esos muchos lugares de París donde Cortázar dibuja su novela, he buscado las casas de algunos personajes de Rayuela y algunos bares de encuentro del Club de las Serpientes.

He buscado en París episodios de La Maga y Oliveira, y yo mismo he llegado a creerme en cierto momentos un personaje de Cortázar inmerso en los hechos de la novela, de Rayuela, una suerte de monumento de la literatura de vanguardia en un momento en que la literatura y la vanguardia ya estaban de capa caída para muchos críticos y académicos.

Rayuela, como Ulises o como Paradiso, es inmortal, permite siempre mil lecturas nuevas, llama al descubrimiento de nuevos hallazgos y clama para que ese hecho de la lectura sea un acto solitario de sólidas raíces en nuestras costumbres.

De modo que ayer (no olviden que escribí esto el jueves pasado) me pasé la tarde entre las horas amarillas y la noche leyendo algunos capítulos de la Rayuela de Cortázar, el gran capítulo en el que el Club de las Serpientes tiene una conversación, un debate, sobre la novela realista, y cada uno de sus miembros da su parecer y luego estalla cada uno de ellos en una carcajada.

El capítulo escrito en glíglico, esa lengua fantástica creada desde la nada y el todo que Cortázar convierte en un monólogo de amor, en un texto que se sugiere erótico, en literatura.

Luego cerré el libro y cerré los ojos. Me puse a pensar en Panamá y en el Canal. Me puse melancólico y, al mismo tiempo, me llené de añoranza. Y así, al final, me lo dije: también el año que viene será de Rayuela, de Cortázar y del Canal de Panamá. Y estaremos vivos para verlo.

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