París para mí: el mundo, la civilización, la elegancia, la clase. París para mi ego: la exaltación de la vida.
Siempre que vengo a París me traigo a mi ego de invitado. Él me ayuda a saludar a la gente, a elegir los vinos a la hora de la comida, a saber qué tipo de paté debo escoger; me ayuda a hablar de mí cuantas veces quiero, olvidándome de los demás comensales y me ayuda, cómo no, a ser el más brillante de todos los presentes o a creérmelo. Mi ego es un amigo.
En París, en este viaje ocurrió, sin embargo, un suceso lamentable: nada más llegar a la Ciudad Luz mi ego huyó de mí. Salió del hotel corriendo como un perro detrás de su pareja recién encontrada. Huyó como un cobarde de mí, que lo había invitado a venir aquí como otras tantas veces porque los dos juntos nos divertimos mucho.
El caso es que esta vez escogió él solo irse de parranda sin mí y anduvo dos días por ahí, callejeando como cuando éramos jóvenes, vitales y lamentablemente inconscientes, y yo, después de los primeros momentos de sorpresa, no quise buscarlo más y me decidí a descansar, a esperarlo a que volviera al hotel cansado, humillado, haciéndose perdonar. Nada de lo que pensé ocurrió.
Mi ego sabía dónde iba yo a cenar una de estas noches del París lluvioso de primavera, y ahí se plantó a contarme a mí y al resto de los comensales qué es lo que había hecho en estos dos días de ausencia, qué tesoros parisinos había descubierto, qué fechorías incandescentes y secretas había cometido.
Al contrario que en otras ocasiones más o menos parecidas, mi ego estaba silencioso y cabizbajo: como si le faltara el aliento vital que siempre le ha sobrado. Esa sensación de cansancio total le duró más o menos un par de horas, después de las cuales mi ego volvió a ser el de siempre.
VENDEDORES DE HUMO
Comenzó hablando de lo más que escriben muchos de los escritores de los que se dice con demasiada frecuencia que escriben muy bien; luego se metió con Sartre y otros filósofos franceses a los que llamó, con una desparpajo sin igual, “vendedores de humo”.
Tomó mucho vino y se mostró brillante, hilarante y muy locuaz, de modo que que aquel ego mío que había estado deambulando por París sin mí durante dos días reconoció a mi verdadero ego.
Una de las cosas que más le gusta a mi ego es hablar en mi presencia de lo que él cree que él y yo sabemos y conocemos muy bien.
Por ejemplo, de fútbol. Le gusta que hablemos de fútbol y que nos mostremos los dos de acuerdo en nuestras opiniones y criterios.
Le gusta que hablemos de señores que hemos conocido en otro tiempo, sin dar nombres, por supuesto, y sin llegar a lo que hemos visto horrorizados que cuentan los egos de los demás.
Entonces, mi ego contó que una vez un escritor que vendía muchos libros fue invitado a cenar en un lugar de honor por su editor, acompañado por tres o cuatro señoras.
El ego del escritor contó esa noche con pelos, señales y nombres muchas de sus aventuras amorosas, ante el asombro y la vergüenza de los comensales, sobre todo del editor de sus novelas que al final de la cena lo llamó a parte y le dijo que nunca más editaría una novela en su editorial mientras él estuviera dirigiéndola. Cosa que cumplió, mi ego y yo lo sabemos.
Por eso cuando me alaban diciendo mis amigos que tengo un ego terrible e inmenso, yo siempre, ante la sonrisa callada y silencio, pregunto en relación con quién. Porque por ahí, incluso en París, se ve cada ego trabajando sin parar que deja muy pálido al mío, mi atrevido ego que me ha llevado hasta donde hoy estoy, en la Ciudad Deseada desde siempre, la Ciudad que no se acaba nunca, la Ciudad de Mi Alma.
Tanto ama mi ego esta ciudad que quiere que nos mudemos aquí cuanto antes, que huyamos de la mediocridad española que se ha convertido en una costumbre inadmisible, parte de la ruina voraz que nos acucia desde hace unos años y que parece que, como mi ego conmigo, se va a quedar para siempre con nosotros en España.
En todo caso, me gustan estas excursiones largas al centro del mundo, me revitalizan, me reencuentran con el mundo, me hacen soñar con otros mundos y otras vidas que en otro tiempo me hubiera gustado conocer y vivir. Y, desde luego, vuelvo a repetirlo una vez más aquí, mi ego y yo estamos de acuerdo en casi todo, nos ayudamos mucho a vivir y a soportar los anacolutos morales que nos atosigan como fantasmas.
De modo que lo siento por los enemigos: a estas alturas, y con lo bien que nos lo estamos pasando juntos en París, ni él ni yo estamos dispuestos a cambiar nada de nuestras vidas.
