La supuesta muerte de la novela

De cuando en vez, de tiempo en tiempo, voces agoreras nos profetizan la muerte del género literario de la novela. Una de las cosas que más me molestan de estos sepultureros de postín es que son, casi siempre, novelistas los que sostienen la parajoda.

Es decir que los mismos que cultivan con pasión la escritura de la novela son los que afirman que la novela se muere dentro de unos días o ya está muerta desde hace por lo menos un par de semanas.

Sin embargo, el empecinamiento de los novelistas no deja de ser una característica del tiempo contemporáneo, hasta el punto de que cualquier anónimo puede pararte por la calle, luego de reconocerte como el novelista que eres, y espetarte durante una larga hora y media que tú con su historia y con su vida podrías escribir la novela de la tuya, aunque lo mejor que esa persona puede hacerlo es intentar escribirla ella, de primera mano las fuentes y todo.

El otro día, salí a cuerpo entero en una fotografía de un periódico de mi tierra en cuyo pie se explicaba que estaba en la isla para dar una conferencia sobre Galdós, durante el X Congreso Galdosiano.

Los comentarios de los lectores del referido periódico eran jocosos y de mala leche contra quien esto escribe, pero no es sorprendente en absoluto que los tuyos sean los peores a la hora de reconocer tus méritos, nadie es profeta en su tierra y mucho menos que nadie los profetas de la tierra.

He leído en los últimos días algún que otro ensayo y muchos artículos que hablan y no paran de la muerte de la novela.

El sepelio dura ya demasiados años y la paciencia de los novelistas consiste en pasar por encima de esas briznas proféticas sin hacer el menor caso, buscando desesperada y tal vez inútilmente la novela perfecta.

Sabemos de novelas, y las hemos leído, que hemos creído al leerlas que son perfectas, que su autor terminó por abrirse la cabeza para conseguir una obra de arte inconmensurable, un monumento literario que quedará en la historia.

MUESTRAS

Por ejemplo, y desde mi punto de vista de lector, La cartuja de Parma y Rojo y negro y Ulises.

Con Ulises hay, desde hace tiempo, una larga controversia. Hay escritores que no han leído muchas novelas y dicen que el Ulises es ilegible (“ileible”, escribe en un periódico de mi tierra el gacetillero analfabeto llamado Chaves), y otros, como es mi caso, que no dejan de leer novelas, y que no dejamos de leer el Ulises.

Personalmente lo tengo como libro de cabecera, una novela que me ayuda todo el tiempo a escribir bien o mal las mías y que me congratula y me congracia con la novela y con la escritura de mis propias novelas.

Pasa con el Ulises lo mismo que con Rayuela, una novela excepcional que ahora está cumpliendo 50 años de su primera edición y parece más fresca que nunca.

Confieso que Rayuela es una de mis debilidades, debo tener como diez ediciones distintas de la novela y cada vez que hago con una nueva vuelvo a leer capítulos y capítulos como si fuera la primera vez que la leo.

Y sucede otro tanto con Paradiso. Hay gente que cree que los novelistas debemos hacerle fácil a la gente la lectura de nuestras novelas. ¿Y por qué? Para que enganche al lector desde la primera línea, coger al lector por el cuello y no soltarlo hasta el punto final del libro, como decía García Márquez.

A mí no me importa mucho ese asunto, yo no cultivo ni pienso en el lector que va a leer mi novela, si es que la lee, que tampoco me importa demasiado.

A mí lo que realmente me interesa de la novela como escritor de novelas es poder escribirla, conseguir el tono, pulir los personajes, encontrar los diferentes puntos de vista, rebuscar los tiempos y los espacios del relato.

Que al lector le guste o le interese la novela no es cuestión del novelista, sino de él mismo. La prueba del algodón: quienes no leen mucho, no soportan el Ulises, y dicen como Paulo Coelho que Joyce le ha hecho mucho daño a la novela, al género literario de la novela. Que me lo piquen menudo que lo quiero para la cachimba.

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