A veces

A veces
A veces

En la discusión política, doméstica y amistosa las más de las veces, y otras veces rancia y repetitiva, me preguntan -a veces- si soy de derechas o de izquierdas.

“Soy mestizo”, contesto a veces. “¿Y eso que es?”, me repregunta a veces mi interlocutor. “Que a veces soy de derechas y a veces de izquierdas”, contesto provocador.

“Es decir, que cuando te conviene eres de derechas y cuando te conviene eres de izquierdas?”, digo.

Para todos los que me leen y me conocen, tengo cosas de derechas irrenunciables; y para muchos amigos derechistas y, sin embargo, decentes, tengo cosas irrenunciablemente de izquierdas.

Que tengo de derechas o que tengo de izquierdas en mi debate político es asunto mío, personal, desde luego, pero no intransferible.

Quiero decir que, en mi modo de entender la vida, y desde el punto de vista económico, sigo creyendo en el Estado, sigo siendo un socialdemócrata avanzado que en Suecia hubiera votado siempre a Olof Palme y que en Francia, aunque a veces tuviera que taparme la nariz con mis dedos, a Miterrand.

Creer en el Estado, más que en la gente, me hace de izquierdas, mientras que creer más en la sociedad civil que en el Estado me haría de derechas.

Claro que, a veces, hay que aclarar de qué Estado hablamos y de qué sociedad civil.

Un día me preguntaron en público, y fue en Panamá, en una multitudinaria rueda de prensa, en qué tres cosas invertiría si yo formara parte de un gobierno.

Primero, contesté, en educación, segundo, en educación y, tercero, en educación. Lo que, como ustedes me permitirán decir, aunque sea por esta vez, me hace un peligroso figurante de la izquierda.

Lo malo para mí es que hablo mucho con gentes de izquierdas que me dicen que yo soy de derechas (y les contesto que a veces, claro), pero hay que ver las cosas que sostiene la izquierda en mi país. el otro día, un dirigente de izquierdas, Cayo Lara, se atrevió, el pobre, a afirmar como argumento para unas constituyentes, con referéndum y todo, que casi las tres cuartas partes del pueblo español que vota en estos momentos no votó la Constitución de 1978, lo que es verdad.

Lo malo es que el argumento le sirve al insigne político de izquierdas para ¡invalidar la Constitución vigente.

Es decir que, según este señor tan progresista, hay que votar una Constitución cada tres generaciones orteguianas.

Si le lo decimos a los gringos, que tienen que votar una Constitución cada tres generaciones, nos demandan en La Haya y, en según que Estados, nos condenan a muerte. ¡Pobre Cayo Lara, pobre izquierdas! Como es natural, en esas veces, no soy de izquierdas, sino que me visto de derechas por oposición a la tontería de izquierdas, y eso es lo que viceversa me gustaría decir y que me entendieran: cada vez que oigo y veo hacer cosas locas y tontas a la derecha o a las derechas, no tengo otro remedio que vestirme de izquierdas, y a veces de izquierda radical, como en mi juventud más reprochable.

El asunto es que, a veces, para ser exactos casi todas las veces, no sé en dónde tengo que estar, en la izquierda o en la derecha.

Tengo que decir que eso forma parte no de mi indefinición ideológica, sino de mi cabreo constante con ciertas izquierdas y ciertas derechas. Y tengo para mí que, en este sentido, ya soy completamente irrecuperable.

Como decía Balzac, yo pertenezco a la oposición que se llama la vida. Lo que no es poco si se fijan que uno pasa el tiempo trasladando ideas y tomando otras de los demás, siempre entre la sociedad civil y el Estado.

Con esto de la monarquía y la república en el falso debate que hay en España, a veces me declaro monárquico pero siempre, todas las veces, republicano francés.

Me dirán que no puedo ser las dos cosas a la vez, ni siquiera a veces. ¿Saben quiénes me lo dicen con más frecuencia? Gente que se dice socialista y nacionalista al tiempo. ¡Agárrenme ese cangrejo que va por agua a la mar!

Siempre se supo que ser nacionalista y socialista era una contradicción flagrante, porque eso sería ser nacionalsocialista, es decir, seguidores de Hitler, nazis, para más señas. Y, fíjense ustedes lo que es el mundo, a veces y siempre lo son, y además le exigen a cualquiera explicaciones de porque no lo son, tratando por todos los medios de convencernos para que lo seamos.

Hace 50 años, un viejo miembro de la guardia de Franco me dijo en público que yo, en el fondo, era un “joseantoniano”, un falangista. “Yo, para usted, seré siempre un bolchevique!”, le contesté a gritos en aquel bar de mi tierra frecuentado por mucho fascista.

De modo que, a veces, también puedo ser bolchevique...

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