ALEJANDRO Y VÍCTOR JULIO IBÁÑEZ CASTRO

Barberos de la ‘vieja escuela’

La historia de dos hermanos que gira alrededor de las tijeras y de una barbería por la que han pasado presidentes, poetas y escritores.

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Los hermanos Ibáñez han seguido la tradición de su padre y de su abuelo. Los hermanos barberos recuerdan varias experiencias pasadas y se ríen, contentos de saber que forman parte de la historia panameña. Los hermanos Ibáñez han seguido la tradición de su padre y de su abuelo. Los hermanos barberos  recuerdan varias experiencias pasadas y se ríen, contentos de saber que forman parte de la historia panameña.
Los hermanos Ibáñez han seguido la tradición de su padre y de su abuelo. Los hermanos barberos recuerdan varias experiencias pasadas y se ríen, contentos de saber que forman parte de la historia panameña. LA PRENSA/Luís García

Los hermanos Víctor Julio y Alejandro Ibáñez Castro llevan la barbería en la sangre. En la calle 16 Este de la Central, detrás del antiguo municipio de Panamá, está la Barbería Víctor, donde ambos atienden.

Desde pequeños veían cómo ágilmente se movían las manos de su padre, que con esmero cortaba el cabello a sus clientes. Salían del lugar luciendo como verdaderos caballeros.

Todos, eternamente agradecidos, siempre volvían y pasaban de ser simples conocidos a clientes regulares.

EL INICIO DE LA TRADICIÓN

El abuelo de los hermanos Ibáñez era joyero, relojero y barbero en Bogotá, Colombia, y se rehusaba a que su hijo, Víctor Julio Ibáñez Rosso, se dedicara a una profesión tan sacrificada. Prefería que le entregara tiempo al clero; incluso, que se convirtiera en sacerdote e hiciera carrera en la Iglesia católica.

Cuando llegaban clientes al almacén a pedir cortes y reparación de relojes, Víctor, en vez de concentrarse en las lecciones bíblicas, se quedaba perplejo observando la caída de diminutas hebras de cabello y cómo poco a poco su padre transformaba la imagen de un caballero.

No perdió tiempo y se puso manos a la obra. Armado con tijera, peinilla, una mantita y pastillas, Víctor Julio Ibáñez Rosso esperaba a los niños que salían de la escuela en un parque en Bogotá para –literalmente– aprender en cabeza ajena. Adquirió técnicas y destrezas de tal forma que ya se le empezaba a reconocer como barbero.

Pero cuando tenía 16 años de edad unos vándalos destruyeron el almacén de su padre en Bogotá, lo que lo llevó a marcharse a la ciudad colombiana de Cali. Eran los primeros años de la década de 1920. Apenas se enteró de que en la ciudad de Panamá, con su nuevo canal interoceánico, circulaba el dólar estadounidense y se podía hacer mejor vida tomó un barco y llegó al famoso hotel Tívoli, donde hizo contacto con la única persona de la que tenía referencia en Colombia, un hombre conocido como Moya, con quien empezó a hacer negocios.

EL BARBERO DE LA HISTORIA

Moya y Víctor abrieron su primera barbería en un local ubicado detrás del antiguo almacén Dorian’s de la avenida Central. Era una barbería grande, con sala de espera para sus clientes.

Tras unos años, Moya le dijo a Víctor que debía buscar algo fijo y que tenía planeado mudar la barbería a Balboa. Por ello Víctor empezó a buscar un nuevo trabajo sin abandonar el oficio que le apasionaba.

Sabía de la existencia de un español al que llamaban don Tony, quien había venido del viejo continente con la esperanza de hacerse rico en el Nuevo Mundo durante la fiebre de oro de mediados del siglo XIX. Don Tony, cuentan, hizo varios negocios hasta que fundó la Barbería Tony, en calle J.

En 1928 se mudó al actual edificio ubicado en la calle 16 Este de la avenida Central. Don Tony era propietario y barbero. Su ayudante era un costarricense de apellido Bonilla, quien había llegado a Panamá en 1918 a probar fortuna.

Cuando Víctor pasó delante de la barbería de don Tony, fue directo y pidió empleo. Don Tony ya había escuchado de Víctor y sabía de su potencial. Se decía que era uno de los barberos más rápidos de Panamá. Pero para empezar a trabajar tendría que esperar a que llegara la tercera silla de barbero, marca Koch, que había pedido de Chicago, Estados Unidos. Esa era la marca de referencia mundial en sillas para barberos.

Una vez llegó la silla de Chicago trabajaron los tres hasta 1940, cuando don Tony se enfermó e ingresó a un hospital. Le vendió la barbería a Bonilla y a Víctor, quienes le cambiaron el nombre a Barbería Unión.

PERSONAJES HISTÓRICOS

Hacía cuatro años que el Dr. Arnulfo no era cliente de mi papá. Él lo vio en una esquina del Café Durán. Al rato comenzó un tiroteo y el doctor le golpeó la puerta. “Víctor, Víctor, por favor ábreme”. Mi papá preguntó quién era. “Yo, Arnulfo”. Le dejó pasar y le prestó el teléfono que en ese tiempo eran de esos de tres números. Hizo una llamada y enseguida apareció un carro de esos grandes. “Mi papá le dijo que se acostara a lo largo del carro y lo tapó con una sábana. No supo más de él”, relata Víctor, de 62 años.

Se trata de una de las tantas historias que recuerda de su padre, quien atendía a presidentes, políticos, militares, escritores, poetas y un sinnúmero de personalidades del Panamá del siglo XX. Uno de ellos era el tres veces presidente de Panamá Arnulfo Arias Madrid.

En 1947, dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Víctor le compró a Bonilla la barbería. Desde entonces, en sus sillas importadas de Chicago se ha sentado todo tipo de personajes. Durante medio siglo, entre 1930 y 1980, la Barbería Víctor vivió su época de máximo esplendor.

Alejandro, el mayor de los hijos de Víctor, tiene 71 años. Cuenta que el también tres veces presidente de Panamá Belisario Porras era asiduo cliente de su padre. Rememora que Porras vivía en la calle G y –dice con orgullo– “aún se pelan aquí los tres bisnietos de él”.

Recuerda que Porras venía, se sentaba en la primera silla y en una ocasión le dijo a su padre: “Mijito, mijito, venga para que me arregle la barba, que me harán una estatua”, refiriéndose, al parecer, a la estatua que está en el parque Porras.

“Trajeron la estatua de Italia. Mi papá lo arregló”, dice Víctor, orgulloso de su padre. La silla donde se sentaba Porras es la que ahora le pertenece a Alejandro.

Además del que fue presidente de la República en tres ocasiones, en la Barbería Víctor se atendían otros exmandatarios ya desaparecidos como José Antonio Remón Cantera, Marco Robles y Manuel Solís Palma, así como el exjefe de Estado Omar Torrijos Herrera. Figuras ya fallecidas como el periodista Víctor Julio Gutiérrez, el músico y compositor Lucho Azcárraga y el constitucionalista César Quintero.

DE UNA GENERACIÓN A OTRA

Después de que se graduaron, los hermanos Alejandro y Víctor Julio Ibáñez Castro decidieron trabajar en el negocio familiar.

Eran los tiempos en que las estrellas de Hollywood como Tony Curtis y James Dean imponían los looks. La década de los 50 y los 60 del siglo pasado. Muchos querían imitar también al rey del rock Elvis Presley, narra Víctor, el menor de los dos hermanos.

Hasta la década de 1970 cobraban 50 centésimos por el corte de pelo, $1 por hacer la barba y $1 por el masaje facial, que se hacía a base de arcilla. Los precios han variado y ahora el masaje cuesta $6.50 y el corte varía entre $3.50 y $8.

La Barbería Víctor tenía detalles en caoba, pero en 1993 la remodelaron. Dejaron una vitrina y las puertas de caoba originales de su época. Hoy el paso del tiempo sobre la barbería se hace evidente. Igual ocurre en los alrededores.

Desde que abrió la Barbería Víctor no ha dejado de atender a sus clientes, con excepción de una temporada corta en 1988, en plena crisis política en Panamá, cuando se produce el cierre de los bancos. “Cerramos el 16 de marzo de 1988 y abrimos tres meses después”, recuerda. Su padre murió en 1989 después de haber trabajado en la barbería por 62 años y su madre falleció en 2002.

Hoy día, dice Víctor, “los barberos no saben usar la navaja, ni la tijera, solo utilizan la maquinita. No saben de cortes”.

Su cliente más leal, el abogado Carlos Patterson, tiene 99 años y todavía se atiende allí. Desde hace 37 años visita la barbería.

Recientemente, relata Alejandro, un hombre 94 años se sentó en la silla y dijo: “Ahora sí me van a atender como corresponde”. Fue como si se transportara en un túnel del tiempo a los días de gloria, cuando se decía que allí llegaba la crème de la crème de Panamá.

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