José Sebastián Laboa Gallego era el nuncio apostólico —representante de la Santa Sede— en Panamá. Durante la dictadura de Manuel Antonio Noriega, la Nunciatura Apostólica había dado refugio a figuras de la oposición que se sentían amenazadas por el régimen.

La misa que hizo llorar a Noriega: la historia del buen ladrón
Monseñor José Sebastián Laboa LA PRENSA

Dirigentes vinculados a la Cruzada Civilista, el movimiento que enfrentó a la dictadura, buscaron allí protección. También lo hizo Guillermo Endara Galimany. Meses después de la violencia que siguió a las elecciones de mayo de 1989, Endara encontró refugio en la Nunciatura, donde continuó una huelga de hambre contra el régimen. La sede diplomática del Vaticano se había convertido así en un lugar de protección para opositores y perseguidos.

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Como lucía la antigua nunciatura a finales de la década de los 80 e inicios de los 90, ubicada en Paitilla. Crédito: Panamá Vieja Escuela.

El 20 de diciembre de 1989 ocurre la invasión de Estados Unidos a Panamá. Noriega, traicionando su papel de general, dejó a sus hombres solos. Estuvo huyendo mientras cientos de panameños civiles y militares de sus propias filas se acumulaban, sin vida, en las calles de la ciudad.

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Vista aérea de El Chorrillo el 25 de diciembre de 1989. Foto: AP/Michael Strovato.

El paradero de Noriega seguía siendo desconocido. Pasadas las primeras 24 horas, el gobierno de Estados Unidos ofreció una recompensa de un millón de dólares por su captura.

Noriega se quedó sin opciones. Toda su gente se iba rindiendo lentamente o traicionándolo. Las embajadas no lo aceptaban o ya estaban custodiadas por soldados estadounidenses. Decidió jugar su última carta: pedir misericordia a la casa de Dios.

Se contactó con el nuncio Laboa buscando terminar su incansable huida. El nuncio tomó una de las decisiones mas tracendentales de la política moderna panameña: aceptó albergar a Noriega en la nunciatura.

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Antigua Nunciatura será uno de los centros de capacitación del Inadeh. Foto tomada de redes

En la nunciatura había dirigentes de la Cruzada Civilista. Al enterarse de que Noriega sería el siguiente inquilino, se enfurecieron. Llegaron a decirle: “¡Nuncio, a ese hijo de **** hay que matarlo!”. A lo que él respondió: “Esta es la casa de Dios, que recibe incluso a los pecadores”.

No fue una estadía tranquila. Los enemigos vivían juntos. Había un francotirador estadounidense apuntando directamente a la ventana del cuarto donde dormía Noriega. Los militares estadounidenses habían instalado unas bocinas enormes con música rock, que sonó por 3 días seguidos, supuestamente para irritar a Noriega hasta la rendición. Pero, en realidad, fue el nuncio quien no aguantó y les pidió que apagaran la música.

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Pasados los días y después de varias conversaciones con el nuncio, Noriega toma la decisión de rendirse, entra a la capilla de la nunciatura y se sienta en una de las últimas bancas.

El nuncio Laboa empieza la misa y, como dicta la tradición, da una homilía (sermón) a la congregación antes de la eucaristía (comer el pan y el vino).

En el sermón, el nuncio habló de la historia del buen ladrón. Narra la Biblia que Jesús fue crucificado con dos personas, una a su izquierda y otra a su derecha. El de su izquierda se burló de él y le reclamó por qué no se salvaba a sí mismo y a ellos, si en verdad era el Cristo. El de su derecha, con su último aliento, se arrepintió y le pidió que se acordara de él. Jesús le respondió al de la derecha que estaría con él en el paraíso.

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Crucifixión, Giovanni Ambrogio de Predis, 1490-1495.

Por eso la mayoría de los crucifijos tiene a Jesús con la cabeza ligeramente hacia su derecha. Estaba hablando con el ladrón que se arrepintió.

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Andrea Mantegna, Crucifixion, 1457-1460

Este sermón conmovió profundamente a Noriega, al punto de provocarle lágrimas en los ojos.

Tomó la comunión, regresó a su cuarto e hizo dos cartas de despedida: a su familia y al papa Juan Pablo II. Se puso el uniforme de general que le consiguió el nuncio y se preparó para entregarse.

Al salir en la noche, Laboa le entregó una Biblia, le colocó un rosario al cuello y le dijo: “Nuestra única seguridad y lealtad es que Dios jamás nos abandonará”.

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Noriega se entregó a las fuerzas estadounidenses en Panamá y fue trasladado a Estados Unidos, donde enfrentó cargos de narcotráfico. / Getty Images

Entonces llegó la hora de salir.

Aproximadamente a las 8:50 p. m. del 3 de enero de 1990, Manuel Antonio Noriega cruzó la puerta de la Nunciatura acompañado por Laboa y otros dos sacerdotes, Joseph Spiteri y Javier Villanueva.

Afuera lo esperaban las fuerzas estadounidenses para arrestarlo. Subió al helicóptero y empezó a llorar, dejando atrás un país desbaratado, arruinado, con cientos de muertos y miles de heridos. Partía así el último dictador de Panamá.

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Manuel Noriega siendo trasladado a un avión militar estadounidense el 3 de enero de 1990. / Getty Images