Con la llegada de los estadounidenses en 1904, muchas cosas cambiaron en la ciudad de Panamá y en la vida de los patricios capitalinos.
La mentalidad eurocentrista de la elite, su autoimagen como europeos y su profunda admiración por la raza sajona propiciaron el surgimiento de estrechos vínculos entre ambos grupos.
Los periódicos de la época como El Heraldo del Istmo y La Estrella de Panamá dan prueba de ello. Allí se publicaron exaltados poemas que celebraban no solo las virtudes de la fortaleza racial de los estadounidenses, sino que también destacaban la fortuna del Panamá de contar con su presencia.
Es más, surgió el deseo de imitarlos, a fin de reproducir en la capital una sociedad de similares características que la norteña. Como afirma Michael Conniff, adoptaron sus patrones de conducta, entre ellos un regreso al racismo exacerbado que parecía haberse mitigado en la segunda mitad del siglo XIX.
Igualmente, la elite local se abocó a la tarea de aprender inglés y hablarlo con fluidez, al tiempo que enviaron a sus hijos a completar sus estudios en Estados Unidos.
Para finales de la década de 1920, según la prensa estadounidense, la sociedad panameña estaba sumamente norteamericanizada: “... mascaban 15 millones de barras de chicle al año, los periódicos y anuncios de almacenes estaban escritos en inglés, un miembro del Gabinete admitió que pensaba en inglés, los panameños tenían 19 automóviles por cada milla de carretera, el cartel de la Legación China en su carro oficial estaba en inglés y las películas habladas en inglés no encontraban dificultades cuando se presentaban en la cosmopolita Panamá. Las hijas de las familias altas participaban en deportes, manejaban automóviles y hasta trabajaban. Los panameños, hombres y mujeres, usaban ropa de estilo norteamericano, comían alimentos norteamericanos, tomaban bebidas norteamericanas en cantinas y clubes ... y, lo peor de todo, desde su punto de vista, hablaban en inglés”.
Lo cierto es que de su mano llegó la prosperidad y un crecimiento demográfico espectacular. La ciudad pasó de 33 mil 160 habitantes en 1905 a 66 mil 502 en 1911 y a 89 mil 704 en 1915. Pero el esplendor resultó ser más que un espejismo pasajero, como se comprobó en 1914 cuando concluyeron las obras del Canal.
Los estadounidenses domesticaron la selva para construir la ciudad jardín de Balboa a escasos 3 kilómetros de San Felipe, coronada por el paseo de El Prado y el monumental edificio de la Administración del Canal. A ello se sumó la organización de una sociedad basada en la segregación racial encaminada a salvaguardar los privilegios de los trabajadores del Gold Roll, que dio como resultado la construcción de barrios, hoteles, casas clubes y teatros, así como un apretado calendario de conciertos y bailes, que buscaba paliar el aburrimiento y la nostalgia de los constructores. Si tenemos en cuenta que en estos primeros años la Comisión del Canal Ístmico destinaba un millón de dólares anuales para las distracciones de los trabajadores del Gold, resulta evidente que la ciudad de Panamá no pasaba de ser una capital provinciana sin más atractivos para los norteamericanos que los cabarets y otros lugares non sanctos prohibidos en el puritano territorio bajo jurisdicción estadounidense.
Coexistieron así, a pocos minutos de distancia, dos mundos paralelos, una nación dentro de otra, con diferencias extraordinarias y a veces insalvables, lo que hizo inevitable que una se sometiera a la otra y sirviera a sus intereses. Naturalmente, esta última fue Panamá.
En efecto, la delimitación de la Zona del Canal colindante con el casco urbano estranguló a la capital y cercenó su crecimiento ordenado. Es más, con la llegada de los trabajadores antillanos contratados para construir el Canal, muchos de los cuales se establecieron en las ciudades terminales, se extendió el cinturón de inquilinato en la capital, entre El Chorrillo y El Marañón, asfixiando aún más a San Felipe que quedó constreñido, hacinado y, finalmente, se cuarterizó. Poco a poco, entonces, la elite comenzó a emigrar hacia La Exposición y Bella Vista en busca de los patrones de confort importados por los estadounidenses a la Zona. Las nuevas residencias levantadas sobre amplios lotes de terreno y rodeadas de cuidados jardines dejaban muy atrás el modelo arquitectónico de las viejas y constreñidas casonas de San Felipe.

