EDUCACIóN Y EMPLEO

Adolescentes ninis

Panamá es un país de paradojas. Tenemos siete de los edificios más altos, el mayor alto ingreso y conflictividad social per cápita de Latinoamérica, y la sexta economía más desigual del mundo. Luego de un período de crecimiento económico sin precedentes, nos encontramos ante una coyuntura social inédita y preocupante.

Somos mejores señalando “culpables” que encontrando soluciones a problemas que no entendemos, buscando soluciones policiales a problemas sociales o dándole matices políticos a “operaciones de matemática simple”. En la última década, Panamá llevó a cabo la ampliación del Canal, el tamaño de su economía aumentó en 76%, se crearon 456 mil nuevos empleos, los salarios se duplicaron y el Estado invirtió más de $15.5 millones en educación.

No obstante, el número de bachilleres graduandos aumentó 7% y los desertores en educación Premedia y Media aumentaron en 50%. Los jóvenes entre 15 y 29 años, que obtenían 1 de cada 4 nuevos empleos generados en la economía entre 2004 y 2009, desde entonces solo se beneficiaron de 1 de cada 15. En el año 2009, 1 de cada 2 estudiantes que iniciaron el Primer Ciclo se graduó de bachiller, en el 2018 fue 1 de 3, y anualmente, unos 14 mil adolescentes desertan de la escuela Premedia y Media.

El porcentaje de panameños víctimas de delito se triplicó y enfrentamos la mayor crisis de desempleo juvenil de los últimos 13 años, el más alto número de ninis en 14 y la peor epidemia delictiva de la historia. Más que un problema de criminalidad, Panamá sufre una crisis de exclusión productiva de su población joven de escasos recursos.

Esta explosión de criminalidad es diferente. A pesar de los miles de millones de dólares invertidos en seguridad en los últimos 15 años, ningún Gobierno ha podido detener la espiral delictiva, máxime en un país donde el 90% de los delitos no son reportados (en el 2013 era el 76%). Quizás la pregunta no sea ¿por qué aumenta la delincuencia?, sino ¿por qué nuestros jóvenes humildes no encuentran una manera digna de ganarse la vida?

Más que nunca, los jóvenes buscan empleo. La población económicamente activa de 15 a 29 años entre el 2014 y 2019 aumentó en 53 mil 480 jóvenes, 46% más que en los 10 años anteriores juntos (36 mil 732). Pero los espacios para ellos en el sector productivo han disminuido casi en la misma proporción. Entre el 2004 y 2009 se generó el doble de empleos juveniles que en los 10 años posteriores juntos (71 mil 992 versus 31 mil 211).

En este contexto, existen  376 mil 792 jóvenes entre los 15 y 19 años, 28% económicamente activos. 56% de ellos estudia, 23% trabaja y 21% son ninis (1 de cada 5). Sin embargo, de los nuevos jóvenes que entraron al rango de edad de 15 a 19 años en los últimos 5 años (marzo 2014-marzo 2019), 1 de cada 3 está buscando trabajo (344 de ellos lo perdieron), 1 de cada 5 estudia y 4 de cada 5 no trabaja ni estudia (nini).

Más que una pérdida de plazas de trabajo para adolescentes, ha ocurrido una migración de estos jóvenes entre actividades económicas. En los últimos 5 años, 9 mil 321 adolescentes perdieron sus trabajos como oficinistas, operadores/choferes y mano de obra no calificada, pero 8 mil 977 lo obtuvieron en otros sectores.

Las tres actividades en las que se ha concentrado la contracción del empleo de adolescentes han venido también experimentando importantes esfuerzos de automatización y adopción de tecnología. Como referencia, en los últimos 10 años, unos 38 mil oficinistas han perdido sus trabajos, y esta categoría laboral pasó de ser 11.6% de los empleos totales a 7.3%.

Al margen del inminente impacto sobre la delincuencia a corto plazo, este escenario pone presión a la necesidad de reducir la deserción escolar en educación Premedia y Media, así como desarrollar programas técnicos de rápida inserción laboral para que los jóvenes con educación Media o Inferior sean capaces de ganarse la vida, particularmente en los sectores en expansión. La inclusión productiva de adolescentes en el sector productivo permite la generación de ingresos y el desarrollo de competencias que le servirán el resto de sus vidas.

Agreguemos finalmente el creciente impacto laboral de la tecnología, para cuya mitigación la educación es la única vía. Pero en el país latinoamericano con la mayor proporción de adolescentes que ve la educación como una “pérdida de tiempo”, el reto es grande.

El autor es asesor empresarial 

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