Caminamos hacia las elecciones de 2019 con una democracia traumada por una profunda desafección institucional. La corrupción estructural dentro de los tres poderes del Estado, sumado a la actitud irresponsable del presidente, ministros, jueces y diputados, agudiza la frustración de los votantes que creen en su mayoría que nada va a cambiar.
Una de las tareas más importantes a la que tendrá que dedicarse el futuro gobierno será la de reconciliar a los ciudadanos con las instituciones. “Atraer y acordar los ánimos desunidos”, según reza la definición, será una labor que no se podrá eludir si de verdad queremos que la salud democrática mejore. Y solo conseguirá dicha reconciliación a nivel institucional un buen estadista.
Pero nosotros, los ciudadanos, somos responsables de estar conectados, ser afectos a nuestra democracia. No podemos permitir que el ruido desvíe nuestra atención de los asuntos importantes. Viene la Navidad, el fin de año, el verano, la JMJ, los carnavales y, en medio del ruido, los candidatos venderán sus mentiras y promesas huecas. Una vez más, por cansancio, nos engañarán.
Por eso, reconciliarnos con nuestras instituciones y nuestra realidad es fundamental: tenemos que volver a creer que una actitud crítica y bien informada es la mejor manera de evitar que otro sinvergüenza vuelva a ocupar el Palacio de las Garzas por otros cinco años.
Nos jugamos mucho el año que viene y no caben los despistados ni los que dicen que da igual. Votar con esa desafección perjudica seriamente la democracia, dejar pasar la información o creer que no nos incumbe es caer en un terrible autoengaño que amenaza las bases mismas de nuestra sociedad.
Si queremos un cambio, toca reconciliarse con nuestro país y las cosas que lo afectan. Lo otro es dejar en manos de los de siempre el futuro de los mismos, es decir, usted y yo, los trabajadores, los jubilados, los jóvenes que buscan su primer empleo. O nos ocupamos o nos preocupamos: nosotros decidimos.
El autor es escritor
