Millones de personas viven a diario bajo la amenaza de la violencia armada y otros miles quedan mutilados, son torturados y se ven forzados a huir de sus hogares.
La proliferación incontrolada de armas intensifica los conflictos, agrava la pobreza e incentiva las violaciones de los derechos humanos.
Las armas están fuera de control. Han superado la barrera del ámbito militar y su utilización se ha instalado en la vida cotidiana. Su mera presencia no es suficiente para intensificar un conflicto, pero puede ser un poderoso catalizador en situaciones volátiles. Genera un clima de miedo que, a su vez, provoca un aumento de la demanda de armas. Se crea así un círculo vicioso del que es difícil salir. Con la excusa de una mayor seguridad, la violencia y la delincuencia se multiplican y se hacen potencialmente más peligrosas.
El objetivo de las armas es la destrucción, cumplen su función cuando son activadas y destruyen con efectividad. Es una regla básica en toda película, siempre que aparece un revólver en alguna escena es porque más tarde va a ser utilizado. Sobre este objetivo se sustenta una de las industrias más grandes y poderosas del mundo.
No se puede argumentar que el cese de este tipo de actividades produciría una crisis financiera y el despido de miles de personas. Al terminar la II Guerra Mundial muchas de las fábricas improvisadas para la producción de armamento se reconvirtieron a la elaboración de instrumentos agrícolas. En lugar de una crisis, esto dio lugar al resurgir agrícola, al desarrollo.
Con la caída del Muro de Berlín, la carrera armamentística entró en una nueva etapa caracterizada por la reducción de la inversión. En la última década se ha disparado de manera preocupante. La nueva doctrina de seguridad a cualquier precio ha multiplicado la venta de armas en todo el mundo.
Desde 1999, los países de África, Asia y Latinoamérica han gastado en armas una suma anual de cerca de 30 mil millones de dólares. Utilizados de otro modo les habrían permitido estar en camino de cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Con dicho importe se habría podido lograr la educación primaria universal y llevar a cabo una sensata educación de la sexualidad, formando a las parejas para una paternidad/maternidad responsables.
No se trata de una quimera, pero es preciso superar el absurdo mito de que la función fundamental de la sexualidad y hasta exclusiva en algunos planteamientos religiosos era la reproducción. Una vez más, una falacia nunca llegará a ser verdad por mucho que se repita, pero termina por ser creída por millones de personas. Cada dólar invertido en armamento es un dólar menos para un desarrollo endógeno, sostenible, equilibrado y global. A pesar de las persistentes crisis económicas y sociales, en Latinoamérica las inversiones en el gasto militar han aumentado en los últimos años.