Sé que es difícil creer que la eficiencia y la decencia se puedan conjugar con la Asamblea Nacional. No obstante, hace poco, durante un almuerzo con amigos, nos pusimos a discutir cómo arreglar la estructura de la Asamblea Nacional, aspirando a que solo los mejores alcancen las curules (siempre y cuando los partidos políticos nos ofrezcan calidad de candidatos). Parece un sueño que tenemos muchos, así que nos atrevimos a intentarlo, para dejar a un lado la pesadilla que actualmente vivimos. Nos basamos en buscar la manera de desanimar a los que van a hacer negocios a la curul y, sobre todo, sin importar quién llegue; y a encontrar una estructura –por básica que sea– que los obligue a ser eficientes en el cumplimiento de sus funciones (las que establece claramente la Constitución Política y no las que los actuales diputados creen tener).
La Asamblea tiene un rol tan importante dentro de la estructura de la democracia, y creo que tanto a los diputados como a los ciudadanos se nos ha olvidado. Su función no se limita a la de promulgar normas, sino que tienen 16 funciones adicionales (y no, no está la de hacer donaciones, ni repartir pavipollos ni mucho menos cobrar comisiones de las donaciones que no están autorizados a realizar). Estamos hablando de un órgano del Estado tan poderoso, que juzga a presidentes y magistrados e incluso entre sus funciones está la opción de declarar la guerra. En pocas palabras, ser diputado tiene responsabilidades tan grandes, como las cualidades que debe tener quien aspire al puesto.
Por ejemplo, 71 diputados me parece una cantidad exorbitante para un país tan pequeño. Con la mitad, eso sí, muy bien pagados para minimizar la posibilidad de que sean seducidos por la corrupción, creo que es suficiente. Evidentemente, si tienen un mejor salario, también pueden prescindir de innecesarios privilegios. Muchos expertos dicen que una empresa, para tomar una decisión ejecutiva, no debe hacerlo con más de ocho personas, así evita discusiones largas y desenfocadas. Imagínense una discusión con 71 personas lo ineficiente que debe ser. A muchos le he escuchado decir que la opción ideal es tener dos cámaras divididas en 31 diputados cada una. En mi opinión eso es como tener una que trate temas de interés nacional y otra innecesaria, que se encargue de designar el sancocho como el plato típico de Panamá.
Además, recomiendo que los diputados sean provinciales y que adicional a los cinco requisitos mínimos contemplados en el artículo 153 de la Constitución, también deben haber obtenido como mínimo un postgrado y tener al menos 35 años de edad, en vez de los 21 que establece el articulado. Las mismas características debe poseer su suplente, quien debería ser habilitado de manera automática en ausencia de su principal (de más está decir que solo cobrará quien ejerza las funciones).
La elección de los diputados debería ser dos años luego de la del presidente. No es que quiera vivir con el país eternamente empapelado de material político, pero de esta manera se minimiza la posibilidad de que el Ejecutivo tenga sumiso al Órgano Legislativo. Deberían sesionar todos los días hábiles, en dos periodos y sin recesos entre estos, evitando la necesidad de sesiones extraordinarias. Los recesos entre periodos se “entendían” antes cuando el legislador tenía que regresar a su circuito a rendir cuentas de su trabajo, a exponer lo que había aprobado en la Asamblea y a entender las necesidades de su circuito, para así proponer soluciones en el siguiente periodo. Pero en estos tiempos de comunicación moderna, en que la necesidad está a la vuelta del control remoto del televisor, de la internet y las redes sociales, es un absurdo tener largos recesos entre periodos. Muchos me dirán que tienen derecho a vacaciones, y concuerdo con ellos, pero para eso están sus suplentes, quienes además de cubrir las vacaciones y las ausencias del principal, pueden trabajar en equipo con este, para hacer las encuestas de necesidades en el circuito.
Hasta aquí el artículo fue fácil, porque creo que –salvo los diputados actuales– todos estarán de acuerdo en la mayoría de las recomendaciones. Lo que traerá objeción es que yo sí creo en la reelección de una porción de los diputados y sus suplentes por un solo periodo. No en la reelección de todos, pero sí de una porción de ellos para que, entre elección y elección, no se pierda la experiencia y siempre exista un grupo (no más de la mitad) que conozcan el funcionamiento de la Asamblea, de manera que no se pierda la eficiencia del órgano.
Todo lo anterior no sirve, si los partidos no nos ofrecen los mejores candidatos que tengan en sus filas; si los mejores independientes no se atreven a correr y, sobre todo, si los electores no tomamos en serio por quién votamos.
