Al abrir los ojos por la mañana tengo miedo de escuchar lo que ha pasado en mi continente. ¿Habrá un nuevo caso de corrupción? ¿Hubo otro desfalco? ¿Cuándo saldremos de la pobreza? Camino a la escuela día tras día, observo la inexistencia de valores, parece que decir buenos días se ha convertido en una frase dejada a civilizaciones remotas.
Observo cómo pasan los diputados con sus grandes autos por el asfalto, como si se encontraran en una pista de hielo, pero cuando miro al otro lado de la calle solo encuentro las caras mustias de un pueblo sumergido en el letargo que causa la demagogia aunada al populismo.
Transitar por la Central ya no causa el sentimiento grato de darse un baño de pueblo, sino un miedo inherente de ser asaltado de manera escueta y descarada.
Llego por la tarde a mi casa, enciendo el televisor para ver las noticias, pero solo escucho cómo Venezuela se sumerge cada día más en el abismo incesante del insulso totalitarismo. México se ve devastada por la corrupción en todos los estratos de su sociedad, por lo que muchos periodistas salen a las calles para denunciar las injusticias, y lo único que reciben es el amargo sabor que otorga la muerte. Nicaragua protesta continuamente contra el régimen de Ortega, aunque conocen el sacrificio que conlleva la libertad. Cuba ya no es dirigida por la imperecedera familia Castro, pero el pueblo sigue bajo la bota militar que impide el soñar más allá de los límites de la isla; sin mirar muy lejos, el pueblo de Colombia temió que el país fuera conducido en sus elecciones al averno del falso comunismo latinoamericano. Y yo solo me pregunto en la profundidad de mi alma, ¿por qué no existe la plenitud? ¿Cuántas vidas más se deben sacrificar para alcanzar la paz en América?
El autor es estudiante salesiano