Se hace difícil y complejo definir qué es el Carnaval. No obstante, debemos comprender que es una construcción histórica y social que aglutina a individuos y a colectivos con distintos hábitos, que se organizan en diferentes espacios.
La importancia del Carnaval radica en ser conductor de valores culturales, que se relacionan entre sí a modo participativo, con fines de crear vínculos de forma consciente o inconsciente.
El Carnaval despierta sensaciones que estimulan en nuestras mentes la liberación y la subversión. Esta premisa nos lleva a comprender la razón de por qué el mundo se envuelve en el humor y en la sátira. La sociedad en fiesta se libera de las normas impositivas que buscan regular la conducta de las personas.
Lo cómico y lo burlesco alivian las tensiones para un pleno disfrute y un pleno deleite. Hay que poner al mundo patas arriba para estar seguros de que nos miran y de que somos famosos por lograr transgredir la rigidez de los controles sociales.
Lo carnavalesco desborda a la sociedad con acentuadas manifestaciones. La multitud y lo espectacular banalizan los problemas ligados al poder social, al poder económico, al poder político y al poder religioso. Sin mucho esfuerzo, el mundo global acepta el Carnaval como un ente liberador de lo obligatorio.
Durante el Carnaval el humor cataliza las insatisfacciones. En consecuencia, para tener un buen Carnaval su tiempo es delimitado; solo dura cuatro días.
El Carnaval de las multitudes y de las tunas queda en espacios reducidos para controlar y recordar a las sociedades espectaculares la existencia de las leyes, pues no se puede vivir eternamente en Carnaval.
La farsa del Carnaval panameño se goza. En su tiempo festivo, a dos días del alumbramiento del dios Momo, sin preocupación, con jolgorio y con farra, se iza la veda política.
A campo abierto, el mejor punto para hacerse notar es “la fiesta del tira y jala”, que con alegres tonadas celebran a Momo. Calculadamente, paso a pasito, se asoman los aspirantes, se ponen la gorra o el sombrero típico, y como la política está en su punto, dan besos y dan abrazos de colores.
Como la campaña es corta, debe ser eficaz. Todos cantan “con el carnaval voy palante” y unos que otros cantarán “pela el ojo que el cristo es de plata”.
Aturdido por los fuegos artificiales y embebido con las tonadas, el Naza de Ismael Rivera se fue en envuelto en una ola a Brasil.
En el Sambódromo, lo cargan, lo pasean y le cantan “Con resplandeciente luz el Cristo Negro emerge de las aguas como salvador de la humanidad”, el panameño a su imagen le pide, con esperanza y con fe, alcanzar sus sueños.
El negrito de los milagros baila samba “despacito, despacito” al son del cavaquinho y del tamborim, entre otros.
Llegada la medianoche del martes, el jolgorio y la parranda finalizan. Se inicia la fiesta pascual, habrá recogimiento con un silencio que habla.
Los festejantes y los aspirantes meditarán. El Nazareno, el negrito, retorna con pasos de samba, sonando campanas, nos mira para recordar que todos pueden festejar con los de arriba y con los de abajo.
La autora es historiadora
