¿Qué es una ciudad? Diversos autores definen ciudad como el espacio geográfico donde habita una alta densidad demográfica, se desarrollan actividades comerciales e industriales, existen construcciones verticales, se concentran los poderes políticos más significativos, existe un buen servicio de agua potable con buena calidad sanitaria y donde cuyos habitantes poseen un ritmo de vida más acelerado y estresante que aquellos que viven en el campo. Entonces, ¿es la capital de Panamá una ciudad? Pues, eso parece, al menos tiene edificios altos, unos políticos, luz eléctrica, periódicos, equipo de fútbol, representantes de belleza, suministro de agua potable, bueno, la mitad de la ciudad, porque la otra tiene que ver cómo resuelve aun pagando el servicio a una deficiente institución y por supuesto, un alto estrés cotidiano portador de miradas vacías, indiferencia y poca solidaridad.
Panamá, al igual que otras grandes metrópolis (sí, grandes metrópolis, ya que la superficie de la ciudad de Panamá de 275 km2, es superior a la superficie de ciudades como Washington D.C. de 177 km2, centro de París de 105.4 km2 o Barcelona de 101.9 km2) no escapa de la individualidad, donde cada quien rema hacia su propio puerto, donde el último en la fila del semáforo pita al inmediato cambio de la luz roja a la verde queriendo ya estar del otro lado, como si la teletransportación ya fuese posible; donde los automóviles no tienen luz direccional, donde al intentar cambiar de carril los demás aceleran para impedir el paso o bloquear, donde no hay cordialidad para el peatón, donde las veredas son los estacionamientos de otros, donde las calles son de pésima calidad, llenas de huecos y asfalto sobre asfalto y cemento, convirtiéndose en grandes cauces durante las torrenciales lluvias típicas del trópico panameño; donde el taxista recoge o le dice el “no voy” al pasajero desde la vía, obstruyendo el paso de los demás; donde el conductor del bus pirata se las sabe todas en cuanto a maniobras al conducir; una ciudad donde escasean los buenos días o las buenas tardes, no más que una ciudad donde las autoridades no están donde deben estar.
Los sistemas de transporte público de la ciudad no escapan de la falta de cordura social, donde son constantes las fricciones entre conductores y usuarios, siendo estos la odisea de muchos y el campo de batalla para tomar una silla de otros.
Donde no importa mentir al decir “estoy embarazada” para no cederle el sitio a la que sí lo está y cuyo tiempo de gestación ya es evidente para el ojo del evasivo ciudadano. Donde la señora cede su sitio a una anciana al ver que el joven ignora que un adulto mayor sufre las incomodidades del empujar en el bajar y subir, como efecto a la impetuosa salida de los diferentes grupos de personas en cada estación o parada de bus, como si de una manada por las praderas africanas se tratara. Es fácil mirar en sentido contrario y hacerse el desentendido.
Una ciudad sin ciudadanos es el resultado de vivir en un medio social que no satisface las necesidades de vida a su población, un fraccionado ecosistema urbano de sistema incompetente. Ya que al vivir largos periodos con un pésimo servicio, la población se habitúa al no tener, al pagar de más, a una deficiente calidad de vida y lo peor de todo, se habitúa a consumir sus minutos de vida en el diario esperar: esperar por un buen servicio médico, esperar en el pesado tráfico, esperar que los alimentos básicos bajen su precio, esperar que los sitios inundados bajen sus aguas, esos mismos sitios que año tras año se inundan y nadie hace nada. Sin más, se habitúan a ser los escalones para que otros suban.
Muchas problemáticas sociales de Panamá son monedas de dos caras: la sociedad y las autoridades. Como ejemplo la basura. Este mal de dos: los malos hábitos de la ciudadanía y el mal servicio de recolección y educación en cuanto al manejo de los desechos. Adicionalmente, se tienen ríos, playas, aire y tierras contaminadas, bosques talados y contradicciones en el monte olimpo. El crepúsculo refleja un Panamá sin ciudadanos, pero la alborada es un gobierno sin gobernantes. Y cuando estas dos situaciones se unen, ¿qué ocurre?
Las nubes de idealismo de primer mundo en el que vive el panameño no le permiten ver la realidad tercermundista en la que se está sumergida, cada vez más profunda, más oscura, más espesa y confinada a las zonas “hádales” del subdesarrollo y la carente conciencia social de una sociedad cegada por el brillo de algunas luces.
El autor es geógrafo, hidrólogo e hidrogeólogo
