Leí a mis alumnas del taller de narrativa la frase de Héctor García Quintana, que cierra su ensayo Cómo se escribe una novela. Después de afirmar que todos podemos aprender las técnicas narrativas y que debemos entender que el oficio de escribir es un dolor y también un placer, dice: “Este oficio tiene el reto más grande de todos:“creerse como Dios un creador de universos”.
La literatura me ha salvado muchas veces, pero “hay golpes en la vida tan fuertes”, como dice Vallejo, de los que no nos puede salvar ni ella, hay dolores tan terribles, pérdidas tan profundas de las que no nos saca a flote ni el mejor montado de los universos que podamos crear y encima nos queda la sensación de ser un dios de palo.
Pero es mejor no dejar el empeño. El talento, decía Flaubert, es tan solo una “larga paciencia”, es un constante asombro reiterado que a fuerza de volver a fracasar nos permite fracasar mejor (dice ahora Beckett) hasta conseguir el universo balsámico que nos devuelva por unos instantes la alegría.
No atino en estos días difíciles. Los universos se me resisten y el creerme Dios creando se me hace cuesta arriba. Los personajes se han quedado sostenidos en sus atmósferas opacas, en sus frondosos escenarios de aire con un mohín de fastidio, sabiendo que “su” dios anda de tecla caída.
Claro que los malos triunfan, claro que al final les caerá desde mi cielo el pedrisco que abone su miseria, de la cual brotarán cardos borriqueros y les saldrá en la frente un cuerno verrugoso y se lamentarán y llorarán por las esquinas de los círculos del infierno.
El polvo del vecino país me cubre o el del universo muerto que me entristece y la certeza de Machado aquella del camino que se hace andando me consuela (no es cierto, duele): creerse como Dios es difícil cuando la tristeza es infinita y los mundos sutiles, muerden.
El autor es escritor
