Hace algunos días tuve la oportunidad de viajar a una comunidad del sur de Veraguas para coordinar la entrega de regalos de Navidad a los niños de dicho lugar que mi familia por tradición entrega para estas fechas. Al cabo de algunos minutos de saludos efusivos acordamos reunirnos en la escuela para escuchar las peticiones de los niños. En el portal del centro escolar había un nacimiento muy sencillo. Un pesebre con un niño Jesús sonriente y algunos animales dispersos. Sin embargo, el nacimiento, a diferencia de otros muy ostentosos que he visto, carecía de foquitos ya que el poblado no tiene luz desde hace décadas. Los lugareños me informan que en cada época de elecciones les prometen la luz los aspirantes a puestos de elección y todavía nada. Siempre hay una excusa para obviar la promesa electoral, y hasta la fecha el pueblo sigue esperando.
Al lapso de algunos minutos, nos sentamos dentro de uno de los tres salones en una escuelita rural multigrado solo con bancas para los más pequeños. Cuando llegaron los niños (alrededor de 25) empezamos a anotar en una libreta lo que deseaban de regalo. Eran las peticiones comunes de niños que viven en pobreza: aviones, muñecas, carros y también ropa. Algunos niños y niñas manifestaron sus aspiraciones cuando adultos de ser profesionales en algo que les permitiera ayudar a sus familias.
De regreso a la ciudad para coordinar las compras y llevarlas en Navidad, se me ocurrió preguntar a 30 amigos por WhatsApp sobre cuál era su sueño para esta Navidad, y la mayoría, a excepción de dos, me contestaron que deseaban una sociedad con justicia y un alto a la corrupción. También me respondieron que querían cárcel para los corruptos y el fin de tanto irrespeto para los panameños por parte de los políticos arrogantes. Aunque estas respuestas no sean representativas estadísticamente hablando, creo que recogen el sentimiento de miles de panameños que se han visto atrapados en una suerte de frustración colectiva.
Una amiga dentro del espacio de la pequeña encuesta navideña me envía un mensaje de voz casi al borde del llanto en el que pone de manifiesto el mensaje que nos envían los jueces, magistrados y el propio Ejecutivo con la famosa delación premiada, en la que una supuesta colaboración te devuelve millones en bienes que nos pertenecen a todos los panameños. Un pésimo mensaje para la juventud y tantos profesionales que tras años de esfuerzo jamás podrán acercarse a tener 1 millón en sus cuentas bancarias como sí la ha obtenido la horda de ladrones de cuello blanco a los cuales les fueron devueltos bienes suntuosos que son una gaznatada para la dignidad y la moral con la que se construyó poco a poco esta nación.
Parece que viviéramos una pesadilla en la que no parece haber ninguna figura que nos pueda devolver el buen sueño. Todo el mundo público parece tan salpicado que no es posible tirar mucho de una cuerda sin que se lleve al resto. Hasta los más impolutos quedaron menguados en su discurso de cristiandad, tentados por el “Gran Demonio” que vino de un país sudamericano y arrasó casi con todo el continente, el cual fue un día el sueño sublime de Simón Bolívar y tantos otros próceres valientes e idealistas.
De forma repentina, luego de escuchar los deseos de mis amigos, vino a mi mente la imagen de los niños de la comunidad pobre que visité. Niños descalzos y esperanzados en algún juguetito que los haga felices en este diciembre y en gran parte de los meses venideros. Niños con ropas raídas y cabellos endurecidos por el sol y las lluvias constantes, cruzando a cada rato por puentes colgantes que son una trampa de muerte. Pero también me acordé del nacimiento humilde hecho por ellos con los hermosos bienes que la naturaleza les provee, y del niño Jesús sonriente, como transmitiéndonos una esperanza donde la justicia del hombre ha fallado una vez más y donde la justicia divina más tarde que temprano nos devolverá la seguridad que la frustración nos quiere arrebatar.
El autor es sociólogo y docente panameño
