LÍNEAS DE ACCIÓN

Deserción escolar y desigualdad social

Panamá tiene la segunda renta per cápita más alta de Latinoamérica y la décima peor distribución de ingresos del mundo, además de un sistema educativo que no sirve de plataforma para la inclusión social y el logro de igualdad de oportunidades. Muchos jóvenes abandonan sus estudios e incursionan en un mercado laboral para el que no están preparados. Informes del Ministerio de Educación indican que en 2009 había 69 mil 771 alumnos matriculados en séptimo grado, pero en 2015 la cifra disminuyó a 30 mil 506 graduandos de bachillerato, lo que supone una deserción del 56% en seis años. Desde 2010, el número de desertores en premedia y media se ha mantenido constante, con cerca de 13 mil 600 por año.

El informe Mejores empleos para Panamá: el rol del capital humano, publicado por el Banco Mundial en julio de 2012, sugiere que el 95% de los estudiantes pobres que culminan la educación media no continúa estudios y busca trabajo, versus el 64% de aquellos de clase media y alta, que ingresa a la universidad antes de cumplir 25 años. Este patrón indica que la mayoría de los casi 26 mil profesionales graduados en las universidades cada año pertenece a estratos económicos medios y altos, con mayor acceso a la educación superior. El 98% de los jóvenes más pobres puede aspirar a recibir 12 o menos años de educación, pero 4 de cada 5 empleos generados en los últimos 8 años han requerido 12 o más años de educación formal, con 13.5 como promedio. El 47% de estos puestos demanda títulos universitarios. Hoy la escolaridad promedio del trabajador es de 11.4 años aprobados, mientras que en el 2006 era 10.7 años.

A causa de las debilidades educativas, estos jóvenes tienen acceso a trabajos de baja calidad, lo que dificulta su avance laboral y movilidad social en un mercado en el que 2 de cada 3 trabajadores gana menos de 800 dólares mensuales. Panamá es el país latinoamericano con la mayor proporción de adolescentes que ve la educación como una pérdida de tiempo, y el empleo informal aumentó tres puntos en los últimos cinco años.

Por otra parte, en 2008, el 6% de los panameños dijo haber sido víctima de delito y, en 2016, esa cifra aumentó a 19%. Esto sugiere una triplicación de la actividad delictiva en los últimos ocho años. La delincuencia y la informalidad son síntomas de exclusión social.

El “enemigo” es la desigualdad social, alimentada por la deserción escolar y la falta de pertinencia educativa. Esto impone cinco líneas de acción en las que se trabaja: reducción de la deserción escolar; formación técnica de rápida inserción; capacitación dual para que los jóvenes estudien y generen ingresos a la vez al tiempo que ganan experiencia; fomento del emprendimiento y la formalización laboral. El futuro no depende de las decisiones que tomemos mañana, sino del impacto de las que tomemos hoy.

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