Hoy se celebra el día nacional de los profesionales del derecho, fecha que rinde homenaje al natalicio, un 9 de agosto, de una de las más preclaras figuras panameñas del siglo XIX.
Don Justo Arosemena, creador del Estado Federal en Panamá en el año de 1855, fue su primer presidente y quien como abogado, filósofo, economista, periodista, político y estadista, dejó una gran huella, que se manifiesta en el hombre que cultivó casi todas las ciencias del saber humano, cuyos vastos y profundos conocimientos no dudó en poner al servicio de su patria, en uno de los períodos más importantes del devenir histórico de nuestra nación.
En la actualidad, en que el país atraviesa una grave crisis de valores, un amargo sinsabor nos produce el observar de qué modo la incompetencia, la corrupción, la mentira, la pobreza, el juega vivo, la indolencia, la violencia y la inseguridad son el pan de cada día. Y, lamentablemente, esa crisis no escapa a la profesión de la abogacía, en que vemos con tristeza la penosa, alevosa y corrupta y deshonrosa conducta de muchos abogados, que con su actuar desprestigian tan noble profesión.
Hasta 2017, había en Panamá un total de 23 mil 628 abogados, de los cuales 11 mil 456 son hombres y 12 mil 172 son mujeres, según consta en la página web del Órgano Judicial. Es evidente la masificación de la profesión, elemento que debe llamar a la reflexión de las universidades y Colegio de Abogados, pues no debe ser una meta el graduar abogados y abogadas en tres años y hasta menos, sin la adecuada preparación y profundización de los conocimientos jurídicos, que debe hacer mucho énfasis en el tema de la ética profesional.
Por eso, es importante que la vida y obra de don Justo Arosemena sirva de guía y ejemplo, no solo para los abogados de la generación presente, sino para los profesionales de las futuras generaciones, a quienes les compete seguir honrando una de las más bellas y dignas profesiones, como lo es la abogacía.
El profesional del derecho debe ser como la hoja de una espada: recta, flexible, brillante y acerada, y aunque no todos los abogados encuadran en ese postulado, existe una gran mayoría que se desvelan por defender y por hacer cumplir las leyes, dignificando la profesión, manteniendo en alto el apostolado de la justicia y de sus principios, dando ejemplo con los actos, con honor, con dignidad, con probidad; con independencia, transformando y aplicando ese valioso instrumento que es el derecho, desde una perspectiva más humanizada, con desprendimiento, con generosidad, pero ante todo con equidad y ética profesional.
Felicidades abogados y abogadas en nuestro día.
La autora es abogada
