Se ha planteado por diversos medios de comunicación y a través de personas distinguidas de nuestro medio social, religioso y político, así como de altas figuras de la empresa privada, que el diálogo es una herramienta de trabajo que, a través de su significado y la historia puesta al servicio de las partes en conflicto, ha contribuido a encontrar las vías del entendimiento y la paz social. En una mesa de diálogo se permite a las partes en conflicto intercambiar puntos de vista, posiciones políticas, sociales o educativas que se debaten en el ambiente local o nacional. Pero en nuestro medio se da una visible realidad . Se concibe el diálogo como debilidad ante el adversario sin salida.
Cuando en nuestro medio apreciamos que la voluntad del poder y el autoritarismo, una especie de dictadura, llevan al diálogo a un extremo irreconciliable entre los grupos en disputa, el ente que se cobija en esta equivocada figura va camino a la tumba frente al opositor. El diálogo no es debilitamiento de las partes, es el fortalecimiento de las instituciones democráticas hacia la búsqueda de la convivencia social, sin malicias ni retóricas.
En Panamá no podemos ocultar el sol con una mano. Existen discrepancias entre los tres órganos del Estado por razones políticas, de intereses o de interpretación de su rol en la vida democrática de Panamá.
Sin duda, estamos respirando aire viciado en el ambiente sociopolítico. En mi experiencia política, jamás había presenciado un espeluznante panorama que pareciera depredar la conciencia nacional. Y, sobre todo, hago énfasis en este punto de vista por el mensaje que las instituciones modelo del Estado están ofreciendo a la juventud panameña, receptora y heredera de este sopor que, quiérase o no, incide en la vida del pueblo y en todos los aspectos del desarrollo de la economía del país.
Es hora entonces de voltear la página y, en ese compás de espera, el pueblo panameño, de manera sensata y consciente, sin demagogia y mentiras en el momento preciso, adopte su vertical misión de ejecutar los cambios que fuesen necesarios por el bien de la nación.
Asoma en primer plano una constituyente. Es la excepcional oportunidad de priorizar intereses de los panameños ante políticas y grupos oportunistas que, valiéndose de su beligerancia, desoyen los genuinos intereses de la población. Estamos en las puertas de una tremenda oportunidad, sin ser oportunista, de hacer valer los mejores deseos ante la crisis de valores y derechos. Se trata de la brillante oportunidad de entrar a analizar los errores y equivocaciones cometidos sin tapujos, cuyos vericuetos se podrían presentar sin soluciones.
El autor es docente y exlegislador