ANIVERSARIO

Efraín Guzmán B. y Hugo Spadafora

La tarde del domingo 13 de septiembre de 1987 se efectuaría una marcha en memoria de Hugo Spadafora. En esa aciaga época muchos participábamos, por convicción, en cuanta marcha y manifestación se daba en contra de la nefasta dictadura militar. En compañía de un amigo, nos encaminamos al encuentro de la marcha procedente de Las Cumbres hacia la ciudad.

Por ese entonces en San Francisco, habíamos conformado un grupo denominado Vecinos de la Iglesia de Guadalupe, de cuyos integrantes penosamente omito sus nombres ante la falta de las debidas autorizaciones. El grupo, además de repartir todas las tardes el Cruzado Civilista, debajo del frondoso árbol de la iglesia, convocaba vigilias y marchas en favor del movimiento civilista, además de ser considerado bastión del área en contra de la dictadura. Ante nuestras acciones nunca faltaron las miradas atentas, inclusive persecuciones del G-2, mal llamada “inteligencia” de los militares, más bien “inteligencias de la maldad”.

Acompañado del amigo con la intención de encontrar la marcha, pasamos debajo del puente elevado de San Miguelito. A propósito de la marcha y con la manifiesta intención de sabotearla, nos percatamos de que adeptos al régimen celebraban un culeco en los estacionamientos de la sucursal del Banco Nacional, frente a las instalaciones hoy día de El Machetazo. Pasados unos 30 minutos, interceptamos la marcha, procedente de Las Cumbres, encabezada por la familia Spadafora, a los que nos unimos.

Pasando por unas instalaciones del Estado notamos miembros del G-2 que espiaban y transmitían pormenores de la marcha. Al acercarnos al paso elevado vehicular sobre la Transístmica, a unos 200 metros se escuchan unas detonaciones y por precaución, a sabiendas de los desmanes y atropellos cometidos por grupos paramilitares, la marcha se detiene. Tras unos minutos de cavilación y percatarnos de que las detonaciones provenían de fuegos artificiales de los culecos, continuamos. Ya debajo del paso vehicular las detonaciones se tornan más frecuentes y en medio del pánico, la mitad de la marcha logra pasar, el resto se desvía hacia la derecha subiendo hacia la Ricardo J. Alfaro (Tumba Muerto), a un costado del hoy día Hospital San Miguel Arcángel, siempre ante la duda de la procedencia de las detonaciones.

El encabezamiento de la marcha avanza rápidamente pues se evidencia que las detonaciones provenían de individuos armados, apostados en la sucursal del Banco Nacional, que disparaban hacia nosotros. Me devuelvo y alerto a jóvenes de la marcha, que de manera temeraria pretendían defenderse del grupo armado gritando consignas y con piedras, logrando que desistieran de su propósito ante el desequilibrado poder de las armas. Al lograr tal fin seguimos avanzando, aunque no por mucho pues una señora me advierte que yacía una persona tendida en mitad de la calle, nuevamente me devuelvo y en el intento de socorrer al señor me percato, lleno de ira ante la impotencia, que el mismo se encontraba inmóvil producto de una fatal herida de bala en la cabeza. Persiste una andanada de detonaciones y me protejo en un lava autos cercano, situado en lo que ahora es el frente de El Machetazo. Minutos después se acerca un pick-up de color blanco, salgo de la estructura que me brindaba protección y entre varios, incluyendo a Bruno Bemporad, incorporamos del pavimento el cuerpo inerte y lo posamos en el vagón del pick-up, que sirvió de escudo en la retirada. La marcha continuó de manera muy desordenada ante el temor, pues se corrió la voz de que venían los eufemísticamente denominados “batallones de la dignidad”, aquellos que atentaban contra personas cuya única arma eran pañuelos blancos.

Horas después nos enteramos que el infructuoso acto de socorro se procuró en la persona de Efraín Guzmán Baúles, activo en las manifestaciones contra la dictadura. Fue así, entre la frenética música, una mojadera de culecos, fuegos artificiales y andanadas de balas, cual bufonada carnestolenda, le es arrebatada la vida a Efraín Guzmán Baúles, hombre honesto y trabajador, quien anhelaba la libertad para Panamá.

Se divulgaron videos que evidenciaban los individuos que disparaban contra la marcha. Pero los oscuros personeros de la dictadura que ocupaban las sillas de jueces, juzgadores, autoridades, nunca se dieron por enterados y la justicia por el ignominioso y funesto acto nunca llegó.

Algunos años después, el 6 de junio de 1992, Xenia Elizabeth, hija del señor Guzmán Baúles, empleada de COPA, fallece en un accidente aéreo. Vecina de San Francisco, entusiasta colaboradora del grupo Vecinos de la Iglesia de Guadalupe, aunque muy joven, luchaba con vehemencia, igual que su padre, por un Panamá en democracia.

Hoy en democracia, dirigentes y enemigos de Héctor Gallego, Hugo Spadafora, Guzmán Baúles y otros tantos, son protegidos por la democracia y justicia, que les fue negada y por la que ofrendaron sus vidas. Los mártires aún, como en tumbas de soldados desconocidos, dejaron testimonio inolvidable que no calla.

El autor es arquitecto y catedrático de la UP 

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